jueves, 28 de marzo de 2013

PERDER LA INOCENCIA



INICIABA EL TERCER AÑO DE BACHILLERATO, y ella llegó tarde al salòn. Quién podía dejar de verla. Parecía una de esas muñequitas Barbie con las que juega mi hermana. Pero su cabello no era rubio sino negro como la noche. Lo tenía tan largo que le llegaba a sus caderas. Era alta y de piel sombreada por el sol, como si viniera de la playa. Me gustaba su forma de caminar y de sentarse en el pupitre. Los morochos y Leroux comenzaron a cuchichear cuando la vieron. Cuando el profe terminó de explicar sobre los átomos y las moléculas, uno de los morochos le pasó un papelito. Ella lo leyó y volteó hacia ellos con una sonrisa. Luego escribió en el mismo papel y se lo pasó al morocho, que a su vez lo pasó a Leroux. Leroux leyó el papel y sonrió. –Se llama Daniela parroquia, Daniela, dijo con una emoción que me molestó. Realmente no entendía por qué no me gustaba que Leroux la viera. Por qué me daban ganas de patearlo cuando se le acercaba en la cantina. Era la primera vez que sentía algo así por una niña. Tampoco es que no sabía nada del amor. A mis doce había visto una que otra novelita lumpen. Las que mamá veía por las noches. Esas donde el rico siempre se enamora de la muchacha pobre y la rescata. Lo típico. Por unos días me dedique a ver los toros desde la barrera. Leroux había ganado muchos puntos y yo ni siquiera me le había presentado. Sufría de una timidez enfermiza. Y claro, también el panorama no contribuía. Fuera de clase, nunca estaba sola. Si no estaba con las amigas, la rodeaba siempre una corte de estúpidos. Creo que ella le gustaba porque le compraban cualquier cosa que pedía. Siempre estaba comiendo algo. Y se reía de cualquier cosa que decían ellos, sobre todo lo que decía Leroux. Por cierto, ya corrían los rumores de que eran novios.


La primera vez que los vi agarrados de manos, sentí un golpe en el corazón. Y una rabia con Leroux que tuve que tragarme. El chamo era karateca. Ya le había visto en la calle pavonearse con el kimono, y una cinta naranja donde metía sus pulgares. Al viejo estilo de los Western. Yo no sabía ni cuadrarme. Pero no por eso se me quitaban las ganas de patearle el trasero. Pero que va, no me atrevía. La idea de quedar avergonzado frente a la chica de mis sueños no me gustaba. Me daba repulsión. Para no decir otra cosa más vergonzosa. Por eso me quedé tranquilo. Resultaba más placentero evitarme problemas. Así que evité verlos. Dónde estaban, por dónde pasaban, a dónde iban, me importaba un bledo. Decidí hundirme en mis tareas. En las catorce asignaturas que iba dominando poco a poco. Había sido un salto duro desde la primaria al liceo. Cada profe venía con sus reglas, con su plan de clase, con su ácido sulfúrico dispuesto a diluir nuestro cerebro. Bueno, en el fondo toda esta exigencia era buena. Aprendíamos un montón de cosas. Tanto, que al final de año me sentía grande. Tal vez más cerca de los chicos de camisa beige.


Un día supe que Daniela había dejado a Leroux por uno de quinto. No me extrañó porque eso siempre pasa con las chicas lindas. Siempre se enganchan con los más grandes. Generalmente los más populares. Las estrellas del básquet o cualquier otro deporte. Aunque el básquet era lo único que se jugaba en el liceo.Básquet. Era más que una pasión, una enfermedad que contagiaba a todos. Tanto era que imaginaba ser un Kobe Bryant de la NBA. Convertirme en una promesa para la liga profesional. Pero siendo sincero, me gustaba más la física. Y me veía en el futuro con un traje de astronauta o por lo menos con una bata de físico. Estoy seguro que si Daniela hubiera sabido mi sueño, habría caído rendida ante mí. Pero igual me hubiera partido el corazón. Porque ella se hizo una experta en embaucar a los hombres. Bueno, a los chamos como yo. Veía cómo todos caían por su belleza. Con ese tumbaíto de mujer grande que causaba un hormigueo en el cuerpo. Ese olor extraño que le salía de su piel. Esos ojos que sugerían poner el mundo al revés. Parecía tener el control de todos los chicos. Una diosa montada en un trono de mocosos. Le faltaba el báculo y la fusta para hacer mejor su papel. Pero a los días la vimos con una barriga. Una barriga que todos creímos del basquetbolista. Una barriga que la separó de nuestro mundo.


La directora se reunió con los padres. Los padres se reunieron con los hijos. Y llegaron al acuerdo de que la estrella del básquet debía reconocer al bebé. El chico botó los tapones, se enfureció, dijo que Daniela era una cualquiera. Que él no daba medio por ella. La madre de Daniela se ofendió. Era obvio. Dijo que su hija era una niña de su casa. Que el robacunas era él, que le había quitado su virginidad. Virginidad. La primera vez que escuché esta palabra fue en la iglesia. Cuando explicaron sobre la Concepción de María. Fue confuso para mí. Así que había preferido encerrarla dentro del cajón de las cosas inconclusas. Hasta que la escuché ese día a través de la puerta de la dirección. Y la entendí. La madre de Daniela se la gritaba a la estrella del básquet: -VIR-GI-NI-DAD, le quitaste la virginidad a mi hija. Su inocencia. Y te metiste en un problema, porque esta niña está embarazada. Los padres de Javier (la estrella del básquet), asentían, pero siempre y cuando se comprobara la paternidad de su hijo. Le sacarían un examen de ADN al bebé. ADN: Ácido Desoxirribonucleico. Esta palabra sí me la habían explicado bien en biología. Se trataba de una molécula que contiene todas las propiedades del ser humano. Podía determinarse el nexo del bebé con sus progenitores y otras cosas más complejas. La prueba no falla. Era una solución inteligente. Pero se tenía que esperar a que naciera el neonato. Era riesgoso y complicado hacerlo antes. Tendrían que esperar entre siete y nueve meses para saber si Javier era el padre. Para todos sería una pesadilla, pero sobre todo, para Daniela. Que sabía la gran verdad. En realidad la historia era digna de llevarla a la pantalla. Su dramatismo tenía el poder de hacer llorar al mismo Hulk. La gran verdad era que Javier no era el padre. Y no sé de dónde tomó fuerzas Daniela, pero lo dijo. –Javier no es el padre, el padre es Tutú. Casi se ahogaba del llanto que ya no salía de su boca, sino de su alma. Tutú era un malandrín. Un chico que ni siquiera estaba inscrito en el liceo. Ella pidió perdón a Javier y se le colgó del cuello. Gritaba con desespero, como si ese día se cambiara con María Antonieta en la guillotina. Estaba llena de lágrimas y mocos. La desesperación la llevó a arrancarle la camisa a Javier. A saltar con su barriga para aferrarse otra vez a su cuello, pero él la rechazaba. Le decía mujerzuela. La instaba a que se fuera de su presencia. Que él lo sabía. Que sabía que esa barriga no era de él. Daniela seguía llorando y lanzando palabras que ya no se entendían o no tenían significado. La madre no tenía moral para defenderla. Sólo se limitó a pedir disculpas a Javier y a sus padres, y se la llevó.


El mundo de Daniela se vino abajo. Nadie daba medio por ella. Sus padres la encerraron hasta que diera a luz. Los vecinos chismorreaban. Se le quedaban mirando como si fuera una chiripa esperando ser aplastada. Luego supe que cuando nació el niño, el Tutú visitó la casa de Daniela. No sé cómo lo dejaron sacar el niño a la calle. Pero lo hizo. Se fue a la panadería a comprar pan y se lo enseñó al panadero, y a todos sus panas de la esquina. Yo estaba en la panadería indignado. El mismo panadero veía todo con cara de desaprobación.–Pobre criatura, le oí decir. Es que sabía que el Tutú era un loco de primera línea. Un azote de barrio capaz de matar a su propia madre. Yo me puse pendiente de cualquier cosa aunque no tuviera parte en la vida de ese bebé o de Daniela. Pero creo que la vida de un niño es problema de todos. Luego de unos minutos la madre de Daniela vino y le quitó el niño al Tutú. Se fue dando grandes zancadas. Como si quisiera correr y que nadie la viera. Pero era tarde. Todos los vecinos estaban en las ventanas fascinados con la perspectiva. El Tutú lanzó una carcajada y dijo que era feliz. Que tenía por fin a su chamo. Que ahora sí podía morir y dejar a su pequeño Al Capone en el barrio. El panadero movió la cara de un lado a otro: –Pobre criatura, dijo otra vez. Yo tomé los panes y me fui, con la cara de Daniela pintada en mi mente. Como un retrato triste dibujado por un artista llorando. No sé qué me pasaba, pero creo que sentía su tristeza. Es difícil describir esa tristeza. Es como haber perdido su mundo. El mundo que una vez se le abrió promisorio. Pero ahora parecía hundirse. Desaparecer.


Aunque siempre evité conocer a Daniela. Por mi estúpida timidez. Ella ya me conocía. Era el cerebrito. El que estaba en el cuadro de honor. El chico que le daba repulsión por su cara llena de acné. Y aunque ella ya no estudiaba en el liceo, era mi vecina. Cosa curiosa porque nunca lo había notado hasta que empezó a estudiar en el liceo. Empecé a encontrarme a Daniela muy seguido en la bodega y la panadería. Ya había dado a luz al niño, pero nunca se lo veía. Siempre lo dejaba en casa con su madre. Ella se reía al verme. Así me saludaba. Yo le soltaba un hola como estás, sin esperar que respondiera. A veces parecía un tonto. Pero seguía haciéndolo. Recuerdo que fue un viernes cuando charlamos. Los viernes tenía permiso de jugar básquet en la cuadra al salir de la escuela. Podía llegar a la seis y media. Creo que era una regla ilógica, porque jugaba al frente de la casa, y mi abuela podía escuchar mis gritos o verme sólo sacando su cabeza por la ventana. Pues, ese viernes no jugué, sino que me quedé hablando con Daniela. Traté de ser prudente. No quería ser culpable de otra lágrima. Pero ella misma me reveló su estado. Cómo se sentía luego de nacer su hijo. Y por lo que pude oír, estaba bien. No estaba arrepentida de haberlo tenido, aunque si pudiera retroceder el tiempo, se hubiera graduado de veterinaria primero. Lo decía con una madurez que revelaba lo que había sufrido. Le dije que podía seguir estudiando de noche. Me dijo que eso era lo que haría. Pero que lo único que le torturaba era el Tutú. Que había amenazado a sus padres de que si no se casaba con él, se llevaría al niño. Aquel comentario me sacó de mis casillas. Ella notó mi rabia y sonrió levemente. Celebró mi amistad y se despidió. –Gracias por la charla Quero, me dijo, y se metió en su casa. Algunos compañeros se aproximaron. Me advertían lo peligroso de acercarme a Daniela. –Esa chica está prohibida Quero, no te equivoques. No me importaba. Y sabía que ese malandrín era el terror del barrio. Que podía conseguir cualquier tipo de armas. Que tenía tratos con narcos y pranes. Pero Daniela había resurgido en mi corazón. Tenía claro que la había apartado de mi mente por los estudios y porque resultaba un tormento verla con sus novios. Pero ahora había nacido una amistad. Una amistad dulce que prometía cosas más profundas.El tutú era sólo un horrible monstruo para ella. Alguien que quería apartar de su vida para siempre.


Cuando llegué, mi abuela me dijo que estaba metiéndome donde nadie me había llamado. Que Daniela no me convenía para nada. Que había visto cómo la miraba y que no era buena señal. Pero yo la ignoré. En realidad no entendía de qué me quería salvar. Pensaba que sólo era parte de una sobreprotección. Pero luego entendí de quién quería protegerme. No era de Daniela o del malandro. Era de mí mismo. Era de la loquera que vió en mis ojos. Ese amor que le tenía a Daniela, ese afán de protegerla, podía acabar con mi futuro. Con esos años de estudios que aún me faltaban para ser bachiller. Con mis sueños de universidad. Con la física. Con el traje de astronauta. Era muy pollo, me decía. Entonces yo asentía y me ponía reflexivo. Pero luego, Daniela resurgía tomando cada espacio de mi mente.


Mi amistad con Daniela pasó al siguiente nivel. Era predecible. Todos los días nos conseguíamos en el mismo punto de la acera. Charlábamos. Ella lloraba casi por cualquier cosa y yo atrapaba sus lágrimas. La abrazaba. Siempre lograba evadir esa mirada, esa boca llena de brillo, ese perfume hipnótico. Pero no ese día. Ese día la besé. Bueno, me enseñó a besar. Y supe que nunca la olvidaría. Daniela ya era mi novia secreta. Ese era el convenio. No debía decir nada. Por la vida de Daniela, por la salud de nuestros padres, por el niño. El Tutú era un riesgo que no podíamos correr. Sin embargo, al pasar los meses. Meses de amor a escondidas. Meses en que Daniela se convirtió en la mejor maestra que había tenido. El Tutú se enteró de nuestro amor. Había llegado a la casa de Daniela con una Glock 45. Amenazando a la madre. Obligándola a que diera el paradero de Daniela. –Está en la panadería, dijo por fin, pero no le hagas daño por favorrr. Daniela ya no estaba en la panadería, estaba conmigo en mi casa. Había escuchado el proverbio macabro de que los matones tienen soplones en todos lados. Y esta vez tampoco faltó el soplón. Fue terrible verlo tumbar mi puerta. Agarrar a mi abuelita por el cuello. Amenazarnos con matar a mi vieja si yo no le entregaba a Daniela. Ella salió voluntariamente del closet. Yo me quedé mudo cuando lo hizo. Pero lo hizo por mi abuela. Todavía se lo agradezco muy dentro del corazón. Tutú se la llevó por los cabellos, la amenazaba con quitarle el niño si no se terminaba de casar con él. Yo los seguía, aún con los gritos de mi abuela, que también me seguía. Tutú decía que me devolviera o lo lamentaría. Pero yo lo seguía.Estaba ciego de una ira que nunca había identificado en mí. Llegaron a la casa y Tutú cerró la puerta tras de sí. Afuera se escuchaban los gritos de Daniela, de su madre, y del bebé que no paraba de llorar. Los vecinos se habían agolpado. Nadie se atrevía a llamar a la policía por miedo al malandro. Pero también porque el morbo los tentaba a engullir todo. La escena se puso más tétrica porque los gritos de Daniela precedieron un tiro. Me metí por la ventana desesperado. La imagen de Daniela muerta me dio los bríos para desafiar al truhan. Lo ví ahorcando a Daniela con sus dos manos. La madre estaba en el piso inmovilizada por el tiro. Se me quedó viendo sorprendida mientras yo tomaba la Glock 45 lentamente. Tutú la había tirado a un lado para usar mejor sus manos. Nunca supe cómo pude detonar el arma. Aunque la descripción la detallaron en el tribunal de menores. Lo había hecho con los ojos cerrados y con las dos manos. Lo había tomado por sorpresa. Me dieron una condena de treinta años por homicidio culposo. Pero la rebajaron a cinco por los atenuantes. Había salvado la vida de Daniela. Ella siempre me lo agradece. Cada vez que viene con su hijo a visitarme, le dice que soy su padre.

lunes, 18 de marzo de 2013

MI AMIGA LA MOSCA


A la memoria de James Clavell y su obra La Mosca
I


RUFUS VILORIA LAMENTÓ HACER AQUEL EXPERIMENTO con la Prosopomya Pallida, una simple mosca doméstica que sometió a un procedimiento doloroso para analizar su hemolinfa. Necesitaba aislar la proteína que la hacía inmune a cualquier clase de invasión bacteriana. Fue abriendo el abdomen de la mosca con un escalpelo diminuto. Sale la hemolinfa color sangre. La mosca se contorsiona, mueve las patas y comienza a desesperarse. Rufus presiona con la pinza la cabeza del insecto, que hace un movimiento brusco, como si quisiera desprenderse del resto, pero luego se contrae. Expira. La hemolinfa ha salido casi por completo de su cavidad. El ojo del científico sobre el lente del microscopio se expande, gradúa, gradúa el aumento del aparato, mira los hemocitos, gradúa aún más, más, ahí está la proteína, quiere separarla del resto, pero está adherida a un átomo de hierro formando una molécula. Es complejo, complejísimo. Rufus añade un aislante que ha trabajado por muchos años, es efectivo para hemocultivos. Lo logra. La proteína por fin es aislada. Tiene en sus manos quizás el antídoto contra todos los elementos patógenos del mundo.

Pasaron meses de arduo trabajo para producir el Vilorium. Rufus no quería avisar a la prensa hasta que estuvieran descartados todos sus efectos secundarios. Él mismo sería el conejillo de indias. Tenía dos meses tomando 20cc de la fórmula para suprimir una infección que se provocó con miasmas de una industria química. Resultado: Los bacilos anómalos no pudieron adherirse a sus tejidos, vísceras, o contaminar su sangre. Por el contrario, el Vilorium aumentaba el número de sus plaquetas fortaleciendo las defensas de su sangre, desarrollando su fibra muscular y provocando la proliferación de vellos sobre su piel. Gradualmente sentía que sus fuerzas aumentaban, que sus cuarenta y ocho años cambiaban a veinte. Pero Rufus se turbó. Un presagio nefasto y abrumador dirigió sus pensamientos a una terrible posibilidad: La fórmula del Vilorium quizás no estaba completada. Tal vez desde el comienzo fue un perfecto error. La proteína nunca debió ser sustraída de la mosca. El tiempo pasaba y su compulsión por el Vilorium se acentuaba: temblaba, sudaba frío, se tornaba irascible, violento, no podía concentrarse en lo que hacía. Su corazón latía rápidamente. Se acordó de aquella vieja película de James Clavells “La Mosca”, y lanzó una carcajada. No podía creerlo, sus colegas se burlarían con sólo decirlo. ¿Decir qué?, ¿que probablemente estaría en la fase intermedia de una metamorfosis? Volvió a carcajearse. Pero esta vez con miedo, un miedo que se le notaba en su mirada. Un miedo que provocaba el movimiento involuntario de su pómulo izquierdo y un frío desagradable en su espalda. -¡Basta!, pensaba. Lo que experimento no es más que la reacción lógica de una droga. Su dependencia irrefrenable. Los días se encargaron de mostrarle a Rufus la terrible verdad. Cuando el espejo del baño, le reveló la probóscide de una horrenda mosca. Vomitó al instante, manchando el espejo de un líquido viscoso que derretía todo. Era el vómito de una genuina Prosopomya Pallida. Ojos compuestos color rojizo, cabeza cubierta de filamentos parecidos al pelo, pero nunca comparables. ¡Mi cuerpo!, gritó. Rufus quería ver su cuerpo. Corrió enseguida al espejo grande del techo del laboratorio. Intentaba tercamente acostarse en el piso para quedar frente al espejo, pero no lograba hacerlo por su inmenso abdomen. Un picor irresistible en la espalda, accionó siseo de dos alas translúcidas. Algo gelatinoso expulsó repentinamente de sus intestinos. Era algo negro y pegajoso que manchó sus patas. Estaba asustado, pero iracundo. Al punto de lanzar el instrumental al piso, voltear mesas, pipetas, frascos y refrigeradores. Rufus gritaba, gritaba con un sonido de bicho. 

Los vecinos avisaron a la policía sobre los ruidos que salían de casa del doctor Viloria. Y en poco tiempo, los azules tumbaban la santamaría del laboratorio. Había bomberos, ambulancias, reporteros, cámaras y vecinos curiosos. Todos se adentraron y vieron con sorpresa a una mosca gigante revoloteando por el aire, golpeando las cosas, diciendo palabrotas con una voz disminuida que salía de alguna parte de su horrenda cabeza. El sonido se hizo cada vez más inaudible, hasta que sólo se percibía como un leve chasquido, y luego, el interminable siseo de un insecto que volaba por el aire.

II


HOMBRE MOSCA DESCUBIERTO EN EL LABORATORIO DEL PROFESOR RUFUS VILORIA. Así amanecieron los tabloides. Las fotos mostraban al enorme díptero que según las fuentes era capaz de comerse a un humano de un solo bocado. - ¡Así que este era el gran proyecto de Viloria! Vociferó Carpio Manrique, colaborador financiero para el proyecto Vilorium. -Todos estos meses, todo este dinero despilfarrado. ¡Dios mío! ¡Lo mato! Le quito todo, hasta su madre. Y ni pensarlo que le daré otra oportunidad al desgraciado.

Manrique movió todos sus tentáculos. Hombres de negro recorrían la ciudad con gafas oscuras y Colts 3.8 con silenciadores. Sus lustrosos autos negros se mimetizaban con la turbia claridad de los faroles. Tenían orden de traerlo vivo o muerto. Era cuestión de tiempo para que lo consiguieran. Pero con las presiones de Manrique, sus hombres se desesperaban, y se metían en cualquier casa sospechosa. Salpicando de sangre las ventanas con los tiros que aplicaban a uno que se quedó mudo porque no quiso hablar, o porque tal vez le dio un tembleque, o porque con el miedo le dio por correr. Pero el -yo no sé nada-, se repetía y seguía corriendo sangre por las calles, y los obituarios engordando los periódicos. Muchas veces la atrocidad era tan grande que los horrendos fotolitos ocupaban la primera plana. Sobre el sofá de una casa amanecía un cadáver desnudo con hematomas y un tiro de Colt en la ingle. A las cinco de la tarde de un jueves, flotaba un bulto en el río Güaire en evidente estado de descomposición. Según forenses, había sido una muerte causada por los tiros de una Colt. El sábado a las doce, hombres de traje fueron vistos llevando Colts, por los vecinos del piso 9 de un edificio sin nombre. Según habían tumbado la puerta del 94, y que luego de escucharse disparos, el dueño salió por la ventana estrellándose sobre el concreto. La víctima había muerto antes de la caída por cuatro tiros de Colt. Manrique iracundo, al ver las últimas acciones de sus hombres, pateó a su buldog en el rabo, pero éste se le aferró a la pantorrilla mordiéndola como lo hacía con su hueso. Vio todo gris cuando los filosos colmillos le laceraban los tendones de su pierna izquierda. Una ambulancia lo dejó en la clínica, mientras llamaba a los médicos con alaridos de apremio: ¡Apúrense miserables que se me muere la pierna! En medio de su fatalidad pensaba en Iturrieta, el jefe del grupo que había contratado para hallar a Viloria. No podía creer que esos zopencos lo expusieran a tanto. -Todos saben que ellos trabajan para mí, decía en voz alta. Quería tener a Iturrieta en frente para partirle la cara. Aquellas Colt 3.8 las había traído él mismo de Miami para usarlas en su polígono de tiro. No para mancharlas de sangre. No era lo que le había dicho a Iturrieta, y cada vez que lo pensaba, se arrepentía más de haberlas colocado en manos de aquel grupo de pendejos. Era lo más fácil del mundo encontrar a un científico loco, barbudo, famélico, con una maleta llena de frascos y tubos de ensayo; probablemente vestido con una bata llena de manchas de sustratos y ácidos sulfurados. No podía imaginar a sus hombres echando tiros a mansalva, convirtiéndolo todo en un caso de crónicas urbanas, mientras los sabuesos con placa olfateaban las innumerables pistas que dejaban. Manrique casi se veía esposado en los diarios, llevado ante un tribunal por homicidio culposo, condenado quizá a treinta años o más. Todo por culpa de unos pendejos que se emocionaron con las armas que les dio. Pero qué quería Manrique. Quería un trabajo limpio y sin estrépito.  Quería a Viloria amarrado a una butaca de su oficina, para cobrarse la paga de cinco meses de financiamiento. Obligarle a trabajar en algo importante. Como por ejemplo: la cura del Sida, el Cáncer, el mal de Parkinson…, en fin, algo importante para la humanidad, y para sus cuentas bancarias.

Después que Manrique despidió a Iturrieta y sus muchachos, extrañamente, los asesinatos siguieron dándose en las calles. La opinión pública relacionaba aquellas grotescas muertes con la famosa mosca comecarne. Los periódicos, la tele, la radio, se hacían eco de los comentarios de la gente. Las conjeturas describían escenas donde una terrible mosca gigante, hacía incisiones certeras en el cráneo de los humanos, sorbiendo su materia gelatinosa. Un tipo que entrevistaron dijo: -“Sólo sé que se escucha como un sffff, interminable, que se hace cada vez más cercano hasta que, plaf, algo te da por la cabeza, y no sabes más de ti…”. Artículos cada vez más escabrosos se publicaban en los diarios y revistas. Un famoso novelista intentó escribir la historia desde el principio, pero la dejó inconclusa, porque temía que la mosca pudiera vengarse de su osadía. El miedo parecía respirarse como el aire. Un aire denso y alucinador como la morfina. Proclive a transmutar en pánico enceguecedor. La policía estaba confundida porque los cadáveres que encontraban ya no eran víctimas de una Colt, sino de incisiones extrañas en el cráneo.


III


Carpio Manrique no dejó de ser un sospechoso. Por eso utilizó nuevamente su técnica de persuasión más desarrollada para influir en la policía: el soborno.  Y otra vez un inocente tendría que sacrificar treinta años de su vida. Todo porque un hombre más poderoso movió aquellos hilillos invisibles, donde todo se sabe, se modifica, y se determina a conveniencia de unos pocos. Esta vez el que pagó fue Manolo, cuya acuosa mirada acariciaba cada parte de su casa. Cada rincón le que recordaba su esfuerzo por alcanzar todo lo que había logrado en años. El clic aceitado de las esposas era para su corazón, el sonido de una marcha fúnebre. Tenía que despedirse de todo. De su bella esposa que parecía quemarlo con sus lágrimas. Llamaría un abogado, a ver qué podía hacer en una situación como esta, donde todas las pruebas lo acusaban. Pruebas incriminatorias que aparecieron como por arte de magia, dentro de su caja fuerte. Como las cochinas Colts que también fueron encontradas en su casa. Eran evidencias muy contundentes.

Manrique campaneaba un Whisky a las rocas, mientras detallaba por televisión el traslado de Manolo a la corte. Un débil remordimiento le molestaba cuando veía la cara del supuesto criminal y de su esposa, llorando con el rostro manchado de maquillaje. En fin, todo muy trágico y conmovedor. Pero su pensamiento suprimió todo escrúpulo: -“Lo siento señor Manolo, pero era usted o yo”. 

Minutos antes de que Manolo se introdujera a la corte. Viéndose acorralado por las cámaras y los comentarios de los medios, respondió: - “No sé quién me incriminó, pero sé que todo sale a la luz en este mundo”. Lo dijo mirando las cámaras, como si pudiera ver a través de ellas la cara del verdadero culpable. De pronto, un griterío retumbó más allá de la escena. La gente que rodeaba al sospechoso se dispersó corriendo. La reportera se lanzó de bruces al piso, mientras le gritaba a Crispín que hiciera toda la toma. La toma donde la mosca aferró a Manolo con sus patas, y se lo llevó a gran velocidad hasta ocultarse entre las nubes.


IV

Luego de kilómetros de vuelo, la mosca descendió repentinamente. Manolo entreabrió sus ojos y oteó con pánico su probóscide. Hacía aquel sonido con sus alas limpiándose sus ojos con las patas. Manolo temblaba y castañeaba, como si quisiera comerse sus propios dientes. Se quedó como hielo cuando la mosca lo tomó y lo lanzó repentinamente hacia la puerta de una quinta. Una hermosa quinta rodeada de muros y alambres. Con una de sus patas señaló la ubicación de unas llaves bajo el tapete. Manolo abrió la puerta y entraron, y lo que tenía apariencia de una hermosa quinta, por dentro, era en realidad un enorme laboratorio. Manolo sufrió una severa complicación estomacal. Lanzó un gas. Varios gases. Sus hediondas emisiones lo hacían más apetecible para la mosca. Pero ella no lo engullía, sino que emitía un sonido como de radio mal sintonizado. Lo hizo por un buen rato hasta que en medio de esa estridencia, se percibió una voz humana. Era la voz de Rufus Viloria: -No voy hacerte daño, dijo. Manolo quería salir de allí, pero estaba paralizado del pánico. Veía el movimiento de su larga probóscide, parecida a la trompa de un oso hormiguero, pero más grande y horrenda. Su baba corrosiva. Sus  patas llenas de pelos. Su cabezota. Sus alas translúcidas. Y aquellos colosales ojos compuestos. Por momentos no parecía ni siquiera una mosca, sino un extraterrestre. -No te asustes, dijo, aunque parezca un monstruo. Necesito tu ayuda para revertir los efectos de mi fórmula. Creo que consumiendo la misma proporción que ingerí al principio, mi ADN volverá a acoplar los eslabones originales. ¿Deseas decir algo? ¿Decir?, ¿decir qué?, Manolo no podía decir nada. Estaba al borde de un colapso nervioso. Ese día había sido violento, cruel y fantasioso, como parte de un relato de Stephen King. Pero el científico pudo encontrar ayuda en Manolo para preparar la fórmula. No fue fácil realizar el procedimiento de la primera vez. Cuando se le hizo un mundo extraer la proteína y luego mezclarla con los sulfatos; en las proporciones exactas. Esta vez su trabajo dependía en buena medida, en que Manolo ejecutara al pie de la letra sus instrucciones. Porque sus facultades mentales se reducían día a día. Sus pensamientos se hacían cada vez más difusos. Poco a poco perdía el control que solía tener sobre su cuerpo. Ambos entendieron que los efectos del Vilorium todavía permanecían activos en él, degradando cada segundo su parte humana; quizás hasta destruirla por completo. Era por eso el apremio. Y su explosiva irritabilidad cuando Manolo fallaba en la proporción, y tenía que repetirse todo nuevamente. Entonces tumbaba las pipetas, volteaba las mesas, volaba por el laboratorio golpeándose contra las paredes, tratando tal vez así de terminar con su existencia. De terminar con el martirio que aguijoneaba su mente. Ese martirio que en realidad era el temor de perderse así mismo, de existir sin saber que existe, de ser absorbido completamente por la irracionalidad propia de los dípteros, y perderse irremediablemente de su mundo. 

Manolo logró compadecerse de su estado. Comprenderlo. Al punto de convertirse en un excelente asistente. Un químico formidable. Cada instrucción era ejecutada al pie de la letra, hasta que la fórmula pudo terminarse. Así nació una amistad que se volvió con el paso de lo meses, casi un nexo de fraternidad. La mosca metió su probóscide en la nueva fórmula, y sorbió, sorbió como no lo había hecho en años. Pero Rufus tenía la sospecha de que algo estaba mal, no sentía los efectos de la primera vez. La excesiva sudoración, la taquicardia, el leve mareo. Era como si el Vilorium hubiera perdido su efecto. Miró la cara risueña y esperanzadora de su ayudante, tal vez esperando que dijera algo. Que qué sentía, por ejemplo, pero no, no sentía nada, ese era precisamente el problema. Viloria señaló la puerta con su pata. Manolo entendía bien qué significaba. Ya se lo había dicho antes. Se lo había advertido en caso de que el experimento fracasara; tendría que irse y olvidar todo lo que había pasado. Ese era el trato, respetaría su vida si no decía nunca su paradero. Por el contrario, Manolo se fue triste. Preocupado por Viloria. De que lo encontrara la policía dentro de aquel laboratorio. De que se suicidara o lo mataran.

Manolo llegó a su casa de noche como un espectro. Entró burlando el sistema de seguridad. Encontró a la esposa hablándole antes de dormir como si él estuviera allí, sobre la cama. Entre lágrimas mencionaba su nombre una y otra vez: Manolo, Manolo, mi Manolo. Tal vez lo daba por muerto y hablaba tristemente con su fantasma. Pero está vez él le respondió y ella se quedó muda de la conmoción: -No llores mi chichita, aquí estoy, vivo. La esposa le brincó encima y le besó, apretó su cabeza entre sus grandes pechos. –Manolo mi amor, qué te pasó. Estaba angustiada por ti porque aquella mosca…Manolo le tapó la boca con la suya y sus manos la recorrieron, la abordaron con hambre de deseo contenido por muchos días. Extrañaba el sabor de su carne, su porosidad, su suavidad. Apretaba sus labios carnosos con los dientes. Era como morder una ciruela llena de jugos. Chichita mi amor, decía, cómo te extrañé todo este tiempo. Ella no decía nada, sólo lo miraba devorarla hasta perder los sentidos.

Chichita le contó todo a Manolo. Resultaba que mientras él permanecía incomunicado por la mosca, la policía había detenido a la banda de Iturrieta. Confesaron que había sido el empresario Carpio Manrique quien que les pagó para atrapar a Viloria, y no Manolo Garnica. Reconocieron algunos asesinatos que justificaron con legítima defensa, porque las victimas trataban de agredirlos. Patraña que la policía no se tragó y los tribunales no creyeron. Carpio Manrique fue llevado por fin a prisión, tras suficientes indicios incriminatorios. La sentencia fue irrevocable para los imputados: Manrique, treinta años por homicidio intelectual y premeditación en primer grado. Iturrieta y su banda, treinta años por homicidio culposo en primer grado.

Manolo en rueda de prensa limpió su nombre. -Pero señor Garnica, díganos, ¿por qué la mosca comecarne no se lo comió? –Señores, ustedes mienten, esa mosca no come carne. Nunca me hizo daño, se los aseguro. -¿Y cómo regresó a su hogar, volando como Superman? -No, sólo me dejó ir. -¿Sí?, ¿así nomás? -Sí, así es. -Díganos, ¿la mosca lo llevó a su casa y le preparó una piña colada? - ¡Basta señores! , no he venido a jugar, sólo a dejar claro que soy inocente. –Sí claro, lo sabemos, pero, ¿cuándo nos va a presentar a la mosca? Todos lanzaron carcajadas, hasta el mismo Manolo sonrió. Estaba claro que su inocencia o el arresto de los verdaderos culpables, no era la noticia, la noticia era la mosca. Y seguiría siéndolo por mucho tiempo.

martes, 26 de febrero de 2013

EN COMA…


SON LAS NUEVE DE LA NOCHE. La brisa entra por las ventanas y congela el aire de la casa. Una corriente sale de mi boca y se condensa en una niebla cálida, densa. Como si mis tiempos de fumador regresaran y exhalara el humo del Marlboro. Una peligrosa tentación que prefiero mantener en el olvido. Me envuelvo en una cobija impenetrable, tapando toda abertura de ventilación. No obstante, el frío sigue haciendo su trabajo a través de los tejidos. Un escalofrío pertinaz me fustiga y es imposible detener el castañeo de los incisivos. Trato de evitar el descenso de un catarro y carraspeo. Ahora siento un picor irresistible y toso varias veces.  Por fin, me dejo atrapar por trama del “Pez que Fuma” en el canal 3. Dimas habla con la Garza, pero no escucho, porque una voz entra por la ventana. La reconozco, pero no la identifico. Me levanto y camino hasta la cortina de la ventana, ocultándome como una araña en su telaraña.  Es mi alumno Jefferson López, alias el “Pelao”, habla con otro en tono muy bajo, es su interlocutor el que vocifera. Le dice que no va esperar más, que no puede esperar hasta que se duerma el profe. Un momento, pensé, ¿el profe?, yo soy el único profe de esta calle. En seguida recordé su amenaza el día que le puse 02 en la materia. –“Verá que ahora me lo voy a quebrar profe”. 
Sospechaba la venganza del Pelao, pero no tan pronto. Ni siquiera había hecho la denuncia en la jefatura sobre la posibilidad de… ¿ser asesinado? Pero a veces las cosas suceden imprevistas. Cuando uno menos lo piensa. Miré el reloj otra vez, eran casi las diez. Subí el volumen de la tele y dejé las luces encendidas. Quería dar la impresión de que todavía estaba despierto para marcharme discretamente. Mis ojos atravesaron por última vez la cortina de la ventana, pero el Pelao ya no estaba en el poste. No estaba en ningún lugar de la calle. Entonces escuché murmullos en el pasillo. Cerca de la puerta principal. Veo cómo levemente se mueve la cerradura. Percibo el sonido del clic que hace que gire el cilindro. Ahora lamento profundamente no haber puesto una Multilock.  Fue muy parecido a las películas. La víctima se esconde, en este caso, yo, que tengo la ventaja de estar en mi casa y conocer todos los posibles escondrijos. Al principio, el Pelao y compañía son sigilosos, pretenden hallarme tal vez durmiendo o dormitando en el sofá o la cama. Imaginan, creo, encontrarme de la forma más fácil para liquidarme. Tal vez boca abajo sobre la almohada, para sólo empujar con fuerza mi cabeza hacia abajo y mantenerme allí por unos segundos; los suficientes para no poder respirar. Pero no me consiguen a simple vista. No estoy sobre el mueble o la cama o la cocina… Es como si me hubiera bebido una fórmula para desaparecer, piensan. Es evidente que han perdido la ventaja de la sorpresa y pierden la paciencia. Comienzan a gritarme: ¡Profe, oiga, será mejor que salga! ¡Si no sale le damos matarile! No pretendía salir, no saldría por nada del mundo. Palpo mi celular y bajo el volumen de las teclas. Presiono el 171: -Usted ha llamado a la Policía Nacional, marque uno si es denuncia, dos, si es una emergencia, tres, si necesita comunicarse con un agente del comando… -Oiga profe, si no sale le voy a clavar uno en la frente, me entiende, no haga la vaina más lenta. Marco tres, una voz grave pregunta dónde me encuentro: En Catia, le digo, en el piso tres de un edificio sin nombre. Preguntan por el sector, la calle, un punto de referencia seguro, respondo todo, y corto.-Creo que sé dónde está este bichito, dice el compañero del Pelao. El Pelao se ríe cuando siente el sonido de mi respiración dentro del clóset, que abre repentinamente. Ambos mueven la ropa y me ven inerme y blanco, como uno de mis trajes con almidón. Mis ojos se amplían y se dilatan como bolondronas. Ponen el revólver en mi frente. –No se le ocurra nada viejo, dijo el compañero del Pelao, que ahora sé que es el Porky, un nuevo malandrín del barrio San Pastor. Otro de tantos chicos que se nos van por el mal camino. –¿Saben lo que hacen?, pregunto. –Cállate viejo, dicen. –Es muy fácil robar y matar, pero el castigo viene después Elías. – ¿Quién le dijo mi nombre?, dice Porky. –Pero si todos conocen a tu mamá en el barrio, ¿crees que nadie conoce tu nombre? Te vimos crecer jugando básquet en la cancha. Eras una promesa mijo. Porky agacha un tanto la cabeza y mira al Pelao que le incita a darme un tiro. Por unos segundos noto su desconcierto, pero la presencia de su cómplice le imparte fuerza. -No me gusta que la gente se meta en mis vainas, dice, y pone el metal frío en mi sien… -Ahora hable de Bolívar, de Sucre, ande pues, cómase la clase, dice el Pelao. Seguro ahora no me puede raspar, ¿verdad viejo? 
Creí que mis sentidos se habían agudizado: olía la pólvora de la bala que no había explotado, escuché cada órgano de mi cuerpo y la sangre fluir por la arteria impulsada por mi corazón. Pensé que la muerte estaba tan cerca que no podría distinguirla si venía. Y en realidad, no lo hice. Nunca pude saber si había muerto luego de ese día. Sólo sigo escuchando voces. Algunas conocidas, otras no. Algunas veces escucho gente que me rodea y llora. Se torna todo como una pesadilla. Me gustaría sentirlos cuando me tocan. Abrazarlos. Quisiera alentarlos. Decirles que siempre hay esperanza. Que tal vez un día yo salga de esta situación. Y me pueda mover y parar y caminar. Porque es terrible estar así. Como si muriera por gotas. Por gotas contadas por ese pitido interminable de la máquina. Es algo parecido a soñar despierto. Sólo que no puedes abrir los ojos. O aún más terrible. Como morir soñando. Y en ese caso, sería el primero que muere así. 









martes, 12 de febrero de 2013

LABERINTO




HABÍA CAPTADO LA ATENCIÓN DE LOS CHICOS con habilidades artísticas desconocidas. De verdad nunca supe cómo me salieron esos trazos. Fue algo sin calcular. Espontáneo. Sobre el pizarrón había logrado delinear los rostros de Bolívar, Miranda, Washington y Robespierre. También algunas facetas de las principales batallas. Todo se torna interesante cuando desnudamos los detalles. La artillería empleada, uniformes, rutas, estrategias…entre otros rudimentos. Me hubiera gustado tomar fotos de esa pizarra atiborrada de imágenes y colores. Una señora miraba desde la ventanilla. Sonreía al ver a los chicos motivados con esos retratos de hombres muertos. Tal vez esperaba encontrar una típica clase aburrida. Los profes de historia tenemos esta fama y, cuando hacemos algo inusitado, la gente se sorprende. Gente como esa señora que permanece aún en la puerta, y no para de verme con ojos luminosos. Podría hacerme una idea aproximada de su edad. Tal vez tiene como treinta y siete. Podría haber estudiado aquí cuando niña. Quizá estaba en una reunión de padres y pasó sin pensar por esta aula de los recuerdos. Ahora me saluda, me llama con su mano. Camino hasta la ventanilla y me dice que es la mamá de Luis Quintero. Yo le digo con cordial sonrisa: -El muchacho es uno de los mejores. Ella sonríe con todos sus dientes. –Sí, lo sé, he visto sus notas. Pero no va bien en matemáticas, ¿sabe usted algo de matemáticas? –Sí, pero creo que le puedo recomendar un colega muy bueno. Un verdadero especialista en esas lides –No, quiero que sea usted. Quiero que ayude a Luisito en mi casa. Su inflexión sonó algo impositiva, pero dije que sí, sin pensar. Se iba contenta, y en el último momento, sus ojos hicieron algo pícaro. Trato de traducir el gesto pero resulta imposible. En mi vida siempre ha resultado un completo acertijo, la multiplicidad de formas de comunicación de una mujer. Desde la más sutil e imperceptible, hasta la más llamativa y obvia.  Pero quién podría imaginar siquiera, que esa mujer, la madre de Luisito, padecía cierta demencia. No pasó por mi cabeza tal idea, qué lástima, me hubiera podido zafar a tiempo.

Llegué a su casa a las diez del día sábado. Acordé sólo los sábados hasta las doce. Elvira me atendía como un rey mientras enseñaba a Luisito. Cada sábado me ponía más cómodo en su casa. Me hacía suculentas comidas. Me trataba con más confianza. Hasta que un sábado me puso la bata y las pantuflas de su esposo difunto. Me dijo que no había problema.  Pero no me gustaba la idea. Quién podía asegurar que su olor no estaba aún en los tejidos. Comenzó a mirarme raro desde ese día. Era una mirada brillosa y tierna. Intuí que me confundía con su esposo muerto. Efectivamente uno de esos días me llamó por su nombre, dijo claramente: Eulogio, y se disculpó. –Perdona, sé que eres Julián, pero a veces te pareces tanto a él…

Apuré el paso con las clases de Luisito y, en un mes, terminé mi trabajo. Su recuperación en matemáticas era incuestionable; pese a que mi título no decía nada al respecto. Ya no había razón para ir los sábados, y no fui más. Pero Elvira iba todos los días al colegio. El pretexto tácito, visitar a su hijo. Se paraba en la ventanilla a mirarme durante horas. Comprobé que la visión dirigida a un punto específico, imprime una fuerza que puede golpear las sienes. De pronto, venía con cualquier cosa: Café, dulces, panecillos…sobre todo los panecillos rellenos de crema pastelera. Un día comenzó a traerme el almuerzo en una vieja lonchera. Supe que había sido de Eulogio, las iniciales EQ, estaban grabadas. Los chicos empezaron a notar la cercanía de Elvira y bromeaban a mis espaldas.  Escuchaba que le decían a Luisito, cuando me aproximaba, que ahí venía su nuevo padre. Luisito echaba chispas. No podía asimilar la idea de que alguien ocupara el lugar de su padre difunto. Era cuestión de honor para él. De una fidelidad que iba más allá de la muerte. Yo lo entendía, y me gustaba que pensara así.  Nunca hubiera querido que se ilusionara conmigo, no sé si tenía talante de padre. Además, no veía a Elvira como una futura novia, sino como una amiga. Una extraña amiga.

Un día Elvira se presentó en mi casa. No puedo explicar cómo dio con la puerta. Nunca daba mi verdadera dirección, porque vivía en un rancho maloliente del guarataro. Robaban a cualquier desconocido que pasara a cualquier hora. Pero ella llegó ilesa y tocó mi puerta. Le abrí y me quedé por un instante, inmóvil. –Es obvio que te sorprendí, dijo. Ya era hora de que conociera tu casa. -¿Quién te dio mi dirección? –Tú mismo, dijo. –No, yo nunca…-Claro, interrumpió, no me la diste apropiadamente. Pero te dejaste seguir por mí.  Pasó sin permiso dentro de mi hogar. Miraba todo con ojos escrutadores.  Llegó a la cocina y alzaba las tapas de las ollas. –Necesitas cocinar algo. Sacó una pasta de la lacena, peló unos tomates y plátanos. En media hora ya tenía el almuerzo.  Siéntate, dijo. Me senté y comí. Ella se puso por detrás y me acarició el cuello, el cabello. A veces la piel tiende hacer muy traicionera. Elvira enrolló su lengua en mi oreja. Me abrazó metiendo sus brazos dentro de mi camisa. Entonces me giré y la tomé y la tiré en la cama. Su ropa se desprendió con una suavidad que erizaba su propia piel. Y excitaba mi imaginación. Dos imponentes picos nevados me desafiaron. Los escalé con meticulosidad hasta su cúspide. Descendí por el largo tobogán central, dejándome caer hasta la isla. En medio de una gramínea disminuida pero suave, se hallaba el delicioso tesoro. Tomé lo que necesité hasta saciar mi apetito de corsario envilecido. Pero al terminar me sentí vacío. Tan vacío como una cuenca sin agua. Como un pirata sin tesoro. Ella, por el contrario, tenía cara de plenitud.  Encendió un cigarrillo y lo aspiraba con fruición, haciendo espirales de humo que ascendían hasta el techo. –Apágalo, le dije.  En mi casa no se fuma.  En segundos me vestí y ella seguía sobre la cama. –Vete, le dije.  –Bueno Julián, me desechas como un traste. Después de amarnos con locura. –Tienes razón, con locura. Porque fui un loco al hacerlo contigo. –Te comportas igual que Eulogio. –Yo no soy Eulogio. –Para mí lo eres. –Estás loca. –Cómo quieras, pero no me iré. –Sal de mi casa, le dije, llevándola del brazo hasta la puerta. Ella salió riéndose. Regodeándose en su locura. –Mañana te llevo el almuerzo Eulogio querido, dijo. 

Me sentí atrapado en un laberinto. Mi apariencia física había desmejorado con el acoso de Elvira. Mis clases bajaban de calidad gradualmente. Mis colegas me lo decían. Me notaban desconectado. Aislado. Como un autista que trataba de huir de una realidad destructora. Pero creo que yo tenía parte de la culpa. Porque a veces, le abría la puerta, y dejaba que me dijera Eulogio. Es que me sentía tan sólo que no podía resistirme, ni siquiera, al cariño de una loca. Entonces entraba en su juego de seducción, y bebía sediento el veneno mortal de su pasión. Luego la echaba de la casa arrepentido, como un comensal que se mete los dedos después de comer, y expulsa los restos de la cena. Pasaban los días, y volvía a repetirse todo de nuevo. Como un carrusel que gira y aumenta su velocidad hasta salirse de control. Visité un sicólogo, y me dijo que la acosadora no era más que una viuda con falta de cariño. Que a ningún hombre le hacía daño una mujer así. Mucha gente me dijo lo mismo. Pensé en mi soledad. Me vi envejecer y morir sin nadie a mi lado. Por eso la busqué, y le di una copia de la llave del rancho. Pero no fue suficiente para ella, y tomé la decisión de vender aquella favela que un día me salvó de la intemperie. Me mudé a su apartamento en Ruperto Lugo. Vivía la vida de Eulogio. Encerrado en el noveno piso de un cubo de concreto. Poniéndome su ropa, sus pantuflas, durmiendo en su lado preferido de la cama y copulando con su viuda. Tal como un desmemoriado de mi propia vida, iba asumiendo nuevos roles. Embutiéndome lentamente en la piel del finado Eulogio. Hasta que un día. Un día como cualquier otro. Julián desapareció del todo, y no supe más de él.

domingo, 13 de enero de 2013

RING TONES


UNA MAÑANA SONÓ EL TELÉFONO COMO NUNCA ANTES HABÍA SONADO. Lo dejé sonar por un rato admirado de que fuera, en efecto, mi teléfono. Un teléfono olvidado por el resto del mundo que ahora volvía a ser recordado. La voz de Louis Armstrong “Qué Mundo tan Maravilloso”, sonaba como un himno que no quería dejar de escuchar. Lo alcé con elegancia y lo puse sobre mi oreja delicadamente: -Aló, aló, ¿quién habla? Necesitaba con urgencia escuchar mi nombre. Señor Eugenio cómo está usted, lo llamo para pedirle un favor…o, para hablar sobre el excelente trabajo que usted hace en la empresa de seguros o, simplemente para escuchar sus dotes histriónicas…-Aló, buenos días, ¿se encuentra la señora Carmen Montesinos? Aquella voz impersonal tuvo el poder de hacer que algo se quebrara dentro de mí. No, algo más preciso, como si estuviera soñando y de pronto lanzaran un balde con agua fría. –No, está equivocado. –Es el Banco de Venezuela para recordarle un problema con su tarjeta Mastercard. –No soy la persona que busca. –Este es el número que la señora Carmen Montesinos dio al banco. –Está equivocado amigo. –Seguiremos llamando a este número hasta que la señora Montesinos lo cambie. –La fulana señora se equivocó al darle mi número. –Pues, seguiremos llamando. –Esto es un abuso señores, es algo que no voy a permitirles porque… Colgó. Fue una experiencia desagradable. Sentí impotencia ser cortado sin poder explicar mi argumento. Yo no uso tarjetas, no tengo una miserable tarjeta de crédito y mucho menos de ese banco. Ahora resulta que me llamo Carmen Montesinos y tengo deudas en una Mastercard.

 Al día siguiente, a la misma hora de la mañana, justo después de tragar el último bocado de pan con yemas, Louis Armstrong volvió a cantar. La voz impersonal preguntó por Carmen Montesinos y yo le repetí que estaba equivocado. Colgó. Se me ocurrió que debía estar preparado para lanzar una palabra corrosiva la próxima vez. Una grosería terrible que el tipo no pudiera soportar. Se sintiera como yo, humillado e impotente aunque sea por una vez. En el trabajo le comenté a Salcedo lo de las llamadas. Lo que pretendía hacer la próxima vez que el teléfono sonara. –No lo hagas, dijo. ¿Cuál banco dijiste que era? – El Banco de Venezuela. –No, no lo hagas, son de la revolución. Son Camaradas. – No puedo quedarme tranquilo con los abusos de un tipo aunque sea chavista. –Puedes razonar con él la próxima vez. Puedes decirle que eres ciertamente un tipo que no tiene que ver con el banco. –Ya él lo sabe Salcedo, es obvio que no soy Carmen, ¿me ves como una mujer llamada Carmen? –Bueno, piensa que no está en sus manos anular el número del sistema. –No me hagas reír, ¿y mis derechos qué?, ¿el respeto a mi dignidad e integridad física y sicológica? –Recuerda que ese Banco es una institución del gobierno, eso se respeta Eugenio. -Le di la espalda. No me interesaba su retórica sobre opositores y chavistas. Es una cosa de sentido común. De entender cuando se violan los derechos de alguien.
 
Al otro día, Louis Armstrong volvió a cantar. Tomé el auricular y me quedé unos segundos en silencio. -Aló, aló, buenos días, ¿se encuentra la señora Carmen Montesinos? –No, dije cortante. –Es del Banco de… -Sí, ya sé de qué banco es, pero está equivocado. –Bueno, es sobre un problema con… -Sí, con una Mastercard. Pero está equivocado. –Eso es lo que usted dice mentiroso. No esconda más a la señora Montesinos. –No la escondo señor, no sé de quién me habla. Sentí que la sangre literalmente fluía hasta mi cabeza. Tenía las orejas calientes. –La tarjeta ya está bloqueada por el banco, pero los intereses de la deuda suben rápido. Colgó. Me quedé un rato con el teléfono en la oreja escuchando el pitido interminable. ¿Quién será la tal Carmen Montesinos?, me pregunté. Esa pregunta debí habérmela hecho desde que recibí la llamada por primera vez. Cada vez que salía a la calle, ese nombre retumbaba. Me había hecho ya una imagen ficticia de la señora en mi mente. Carmen Montesinos era para mí una mujer que pasaba de los cuarenta años, estatura media, cabello crespo, medianamente cortado; se lo había pintado de castaño oscuro la semana en que fue despedida por recorte de personal. Fue para ella algo súbito y mortal. Como si le robaran parte de su vida, sobre todo en un momento que esperaba más de ella. Porque de seguro, Carmen estaba sola en la vida. Sus padres habían muerto. Sus hermanos tenían una vida lejos. Por una razón inexplicable nunca tuvo hijos, y eso fue el detonante para que su esposo la abandonara. Carmen estaba desempleada, con deudas y sin hijos. No abría la puerta, no contestaba llamadas, y cada día se iba consumiendo de tristeza y desesperación. Sí Carmen estaba en aquella situación tan lamentable. Era lógico que no pagara las cuentas, las tarjetas de banco. Era completamente justificable que inventara un número de celular, que por cosas de la vida, resultó ser mi número.
 
Amaneció. Mientras desayunaba pensaba en mi larga reflexión. Una reflexión que me mantuvo en vigilia gran parte de la noche. Pobre Carmen, pensaba. Cuánto sufrimiento, cuánto abandono. Dónde estarán las almas caritativas de este mundo. Quién podría ayudarla. ¿Quién? En ese instante, cantó Louis Armstrong otra vez, pero no respondí el teléfono. Corté. Fui al banco para preguntar el monto de la deuda. Me recibió un tipo de trato áspero. Quizá se trataba del mismo abusador de las llamadas telefónicas. No podía comprobarlo. Pero estaba allí intentando hacer algo por esa pobre mujer desconocida. El hombre me trajo café y dijo que el mismo gerente me atendería. Pensé que la deuda debía ser muy grande. Me preocupé. No había tanto en mi bolsillo. Pero bueno, por lo menos lo intentaría. Un tipo de traje costoso me llamó, estrechó mi mano con calidez. Me dijo: -Siéntese señor Eugenio. Es muy grato conocerle. Mire, conozco su buena intención, pero la señora Montesinos pagó su deuda esta mañana. –Bueno, por lo menos lo intenté, dije. –Es bueno saber de personas como usted, dijo el gerente. –Gracias respondí. Caminé hasta mi casa experimentando una rara sensación de libertad. No sabía qué era exactamente. Podía ser la convicción de que mi teléfono no sonaría más, tal vez nunca más.

sábado, 15 de diciembre de 2012

SUEÑOS FRAGMENTARIOS



HABÍA DEJADO LA VENTANA ABIERTA, y cuando amaneció, la lluvia mojó mi cara y desperté. Salté de un brinco de la cama y cerré el vidrio. Miré el reloj y eran las seis. Me acosté de nuevo sin preocuparme por el trabajo, era sábado. Charlie comenzó a ladrar y rasguñar la puerta, había pasado toda la noche en la calle copulando con perras malas. Salté otra vez de la cama y abrí los pasadores y la puerta. Charlie dejó de ladrar y entró como cualquier tipo que llega a su casa después de una noche de farra. Le puse perrarina en el plato y agua en la escudilla. Me dejé caer sobre la cama y cerré mis ojos. No pasaron diez minutos cuando sonó el teléfono. -Hola hijo perdona, ¿podrías ponerme la inyección? –Ya voy, dije, y colgué. Mi madre vivía en el piso de arriba así que me puse sólo la bata de baño y salí. Me llevó como veinte minutos subir e inocularla. Bajé, y otra vez me lancé sobre la cama. Escuché un  tañido de campanas. Entré por la puerta de la estructura rocosa y subí por la torre hasta el campanario que no se detenía: BLAM BLAM, BLAM BLAM, BLAM BLAM, no podía soportarlo. El sonido me aturdió a tal grado que desperté, ni el sueño más pesado podía con el timbre. Era el técnico de CORPOELEC que tocaba sin levantar el dedo. Creo que gozaba al hacerlo. Cuando llegué a la puerta ya había partido dejándome un aviso de corte. Lo tomé. Era un papelito rectangular con un recargado membrete y la palabra-AVISO DE CORTE-. Casi al final estaba el monto en negritas. Era un monto ridículo, ocho bolívares con cuarenta. Tantas molestias por tan poca plata me daban risa. De todos modos apagué las luces que habían quedado encendidas desde la noche.

Desayuné sobre el sofá viendo la tele. Discovery Channel describía la vida de los leones de África: “La especie Panthera Leo, es la más feroz del Parque Nacional Kruger. Mientras que las hembras pueden durar hasta catorce años, los machos no pasan de ocho años de existencia…”  Tenía un traje kaki de explorador y era amigo de la tribu Maasai. Decían que tenía la habilidad de amansar a los Panthera Leo. Aquel trato me gustaba, en fin, era una aventura que siempre quise vivir. Pero los Panthera Leo me rodearon y los Maasai alzaron su grito de guerra. Creí que moriría. Los leones se lanzaron sobre mí y mordisquearon partes de mi esquelética humanidad. Traté de usar ese poder que decían que tenía para amansar fieras, y creo que resultó, porque en lugar de sufrir dolor, experimenté una risa incontrolable. Cada mordida era en realidad una lamida en cualquier parte del cuerpo. Desperté bañado en la saliva de Charlie.

Almorzaba con Darna en la cama. Comimos hallaca, ensalada y pan de jamón. Mi barriga se prensó por la llenura. En realidad no medí cuantas hallacas comí. Igual tuve que cumplir mi parte con la chica. Fue como hacer ejercicios en la selva. Quemamos todas las calorías del almuerzo antes de hacer la digestión. Es algo complicado. Quedamos exánimes y viendo hacia el techo. Húmedos como tórtolas que se mojan con el rocío de la mañana. Allí, cerré mis ojos y conocí a Marilyn. La vi tan rubia como en Gentlemen Prefer Blondes. Un poco frívola para mis gustos pero era Marilyn. Estaba con otros tipos, tal vez uno era Eliott Reid, Tommy Noonan o quizás Tony Curtis. Era un gánster perseguido por sombríos detectives que podían medir los pensamientos. Me vi descargándoles una metralleta, ellos también tenían puntería y me dieron en el brazo. Sentí un pinchazo y luego un dolor intenso. Caí. Marilyn se me echó encima desesperada -¡despierta papi, despierta!-, decía. Sentí sus cachetadas y pensé que agonizaba lentamente con aquel dolor. Abrí mis ojos sobresaltado. Darna estaba sobre mí, sus cachetadas lograron despertarme. Mi brazo izquierdo era lastimado entre el borde de la cama y la cómoda. Ella decía igual que Marilyn-¡despierta papi, despierta!

Al llegar la noche decidí no dormir. Prendí el compañero de los noctámbulos, la tele. Darna se había marchado y también Charlie. Piqué muchas papas y las puse sobre un sartén rebosante de aceite caliente. Saqué la salsa Kétchup, refresco y carnes frías. El sofá estaba cálido. Tomé la sábana y me cubrí mientras esperaba las papas. James Bond era atacado por los secuaces del doctor No y se defendió como siempre sin despeinarse. Los abatió con su golpe de mano abierta pero otro lanzó por la ventana una bomba k1. Bond, saltó por la otra ventana y cayó en el río Sena. Madeleine lo esperaba en una lancha encendida y partieron. Empecé a sentirme como Bond, tomé a Madeleine, la introduje en el camarote y la besé. La lancha avanzaba a toda prisa conducida por un piloto automático. Mientras el doctor No nos seguía de cerca con un submarino. Comencé a oler humo, un humo que se hizo denso y llenó todo. Ella decía que era el motor, pero yo sabía que eran las papas fritas que se quemaban.

 

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

BUSCANDO A CUATRO



-¿QUIÉN A OIDO HABLAR DE UN TIPO LLAMADO CUATRO?-Nadie, dice uno. Otro dice que no sabe quién es. Los demás no contestan, pero sus ojos delatan que sí saben. Me quedo detallando sus miradas, la dirección que toman sus cabezas al girarlas con lentitud temblorosa. Me doy cuenta que algunas miradas furtivas apuntan a un sujeto volteado hacia la pared de la celda en posición fetal. Imaginaba a Cuatro más temible, por detrás su espalda era tan estrecha, que podía pasar por un fideo gigante. – ¡Oiga, oiga Cuatro, levántese, que va a ser trasladado! Cuando lo vi seguía pensando igual sobre su aspecto. Supe también al verlo por qué le apodaban Cuatro, tenía lentes con aumentos muy potentes. Un cuatro ojos sin lugar a dudas. Realmente no parecía un tipo tan peligroso sino otro tonto. Mis agentes lo metieron a la patrulla sin dejar de apuntarle aún esposado. No dejaba de verme ni un instante, como si estudiara todos mis movimientos. Las malas lenguas o tal vez las lenguas que solían inventar más de la cuenta, decían que era capaz de matar hasta con un alfiler. Yo tendía al escepticismo desde que me inicié como agente hacía treinta y cinco años. Había escuchado tanto cuento fantástico que no me causó curiosidad ver a Cuatro. Aunque en realidad, sí, pero no una curiosidad al extremo de creer que estaba frente a un tipo salido de los comics de Marvel. Para asegurarme de que mis agentes hicieran las cosas como se trazaron, me introduje en la patrulla donde estaba Cuatro. Era una caravana de tres patrullas llenas de agentes y todo estaba monitoreado. Un helicóptero custodiaba desde arriba. Pero más allá de todo el control que tenia de la situación, me incomodaba mucho la mirada de Cuatro. Era una mirada de odio muy peculiar, no como las de otros presos, esta tenía un poder de sugestión inexplicable.

La intercomunal Guarenas-Guatire estaba bloqueada por una cola interminable de carros. El sonido de las mariposas pretendía abrir un camino posible pero lento, hasta que llegó un punto que ni siquiera eso: -¡Apártense! ¡Apártense!, dije con el altavoz, y fue cuando se abrió una ruta zigzagueante entre los monstruos de fierros calientes de sol. Aumentamos la velocidad al salir del estanco, pero una de las patrullas se recalentó y nos estacionamos mientras el gato trataba de enfriar el motor. – ¡Échale agua al radiador!, grité. Cuatro quería orinar y le pusimos en la vía, todos le apuntaban sin perder un detalle de sus movimientos. Pidió que alguien le bajara la bragueta pues tenía las manos detrás de la espalda esposadas. Mandé a Johnny cuyas manos temblaban al hacerlo. Cuatro sonreía, parecía disfrutar sentir el miedo en los demás. Le mojó las manos a Johnny al mover su cosa cuando este se le acercó para subir la bragueta. Se reía porque creyó que nadie tenía las agallas para golpearle. Yo me paré frente a él y le di uno que le sacó el aire, más atrás Johnny que cobró valor al verme. Lo montamos como perro en la patrulla y seguimos al Rodeo. Pasarían treinta años para que pudiera salir a vengarse de nosotros, si no lo mataban dentro. Eso último sería una mejor solución al problema. Pero lo más seguro es que lo tuvieran como héroe por los policías que había mandado a la otra vida. Qué tal si Cuatro no llega al penal, pensé, qué si de pronto ocurre un accidente lamentable... Por radio dije Alberto que llevara el helicóptero al penal, igual hice con las patrullas custodias. ¡Márchense ya! dije, acostumbrado a que nadie refutara nada. Cuatro miraba mis ojos con suspicacia, olfateaba el peligro tanto como yo. Si tenía poderes de verdad, ya abría descifrado mi plan. Le dije al gato que se desviara. Estacionó a mi señal. Me bajé del carro y caminé largo hasta un terreno donde ya no se distinguía la patrulla. Miré alrededor, los ranchos enquistados en los cerros estaban muy lejos para que apareciera algún imprudente. Miré el terreno polvoriento lleno de basura y moscas, el lugar ideal para la muerte de una bestia. Calculé el sitio exacto donde caería su humanidad producto de los tiros. La muerte debía ser limpia y sin cabos sueltos. –Traigan a Cuatro, dije por radio.

Construía los hechos del siniestro como una proyección holográfica de mi mente sobre el terreno. Cosas que da la experiencia. Miré nuevamente alrededor hasta el punto más alto de los cerros. Mi vista de sexagenario tenía limitaciones obvias, sobre todo con el centelleo del sol sobre los techos de zinc. Pero como dije antes, los cerros estaban muy distantes y no había un alma en todo el perímetro. Los únicos testigos de lo que sucedería estaban en el carro y ahora se aproximaban con Cuatro. Por cierto, noté que se tardaban. -¡Traigan a Cuatro! , dije por radio otra vez. Metí mi mano en la parte izquierda de la chaqueta y palpé la mágnum cañón corto, estaba allí dispuesta a cumplir todos mis deseos. No era como la clásica  reglamentada por la división, olvidada dentro de la cajuela de la patrulla. Mojé la punta de mi dedo y lo alcé, no había viento. Mejor, la bala no se desviaría de su objetivo. La frente lisa y amplia de Cuatro sería perforada hasta el otro lado. Escupí a un punto impreciso del suelo y lo froté con el pie, aquí caería la cabeza del interfecto. -¡Traigan a Cuatro! ¡Responda sargento! ¡Responda! La radio estaba apagada, otra razón para sospechar. Otra razón para que se le ocurran a uno ideas locas. Desenfundé la mágnum. Mis pasos avanzaron escépticos hacia donde alguna vez estuvo una patrulla color gris. Sobre el suelo, dos huellas impresas de neumáticos y dos cuerpos inertes con heridas del tamaño de un alfiler.  

 

LA MONA LISA o GIOCONDA

LA MONA LISA o GIOCONDA
Por: Leonardo da Vinci

PERROS JUGANDO POKER

PERROS JUGANDO POKER
Perros jugando al póquer es una serie de pinturas realizadas por Cassius Marcellus Coolidge. En total 16 obras que muestran a perros con actitudes humanas, de las cuales 9 las mostraban jugando al póquer. En las otras se mostraba a los perros fumando cigarro, bailando, jugando Baseball y declarando en la corte.

ROMEO Y JULIETA

ROMEO Y JULIETA
Español: Representación de la famosa escena del balcón de Romeo y Julieta. Pintura de 1884, por Frank Dicksee.

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Mi foto
Creí que mis sentidos se habían agudizado: olía la pólvora de la bala que no había explotado, escuché cada órgano de mi cuerpo y la sangre fluir por la arteria impulsada por mi corazón. Pensé que la muerte estaba tan cerca que no podría distinguirla si venía. Y en realidad, no lo hice. Nunca pude saber si había muerto luego de ese día. Sólo sigo escuchando voces. Algunas conocidas, otras no. Algunas veces escucho gente que me rodea y llora. Se torna todo como una pesadilla. Me gustaría sentirlos cuando me tocan. Abrazarlos. Quisiera alentarlos. Decirles que siempre hay esperanza. Que tal vez un día yo salga de esta situación. Y me pueda mover y parar y caminar. Porque es terrible estar así. Como si muriera por gotas. Por gotas contadas por ese pitido interminable de la máquina. Es algo parecido a soñar despierto. Sólo que no puedes abrir los ojos. O aún más terrible. Como morir soñando. Y en ese caso, sería el primero que muere así. Extracto del cuento EN COMA.

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