jueves, 28 de marzo de 2013

PERDER LA INOCENCIA



INICIABA EL TERCER AÑO DE BACHILLERATO, y ella llegó tarde al salòn. Quién podía dejar de verla. Parecía una de esas muñequitas Barbie con las que juega mi hermana. Pero su cabello no era rubio sino negro como la noche. Lo tenía tan largo que le llegaba a sus caderas. Era alta y de piel sombreada por el sol, como si viniera de la playa. Me gustaba su forma de caminar y de sentarse en el pupitre. Los morochos y Leroux comenzaron a cuchichear cuando la vieron. Cuando el profe terminó de explicar sobre los átomos y las moléculas, uno de los morochos le pasó un papelito. Ella lo leyó y volteó hacia ellos con una sonrisa. Luego escribió en el mismo papel y se lo pasó al morocho, que a su vez lo pasó a Leroux. Leroux leyó el papel y sonrió. –Se llama Daniela parroquia, Daniela, dijo con una emoción que me molestó. Realmente no entendía por qué no me gustaba que Leroux la viera. Por qué me daban ganas de patearlo cuando se le acercaba en la cantina. Era la primera vez que sentía algo así por una niña. Tampoco es que no sabía nada del amor. A mis doce había visto una que otra novelita lumpen. Las que mamá veía por las noches. Esas donde el rico siempre se enamora de la muchacha pobre y la rescata. Lo típico. Por unos días me dedique a ver los toros desde la barrera. Leroux había ganado muchos puntos y yo ni siquiera me le había presentado. Sufría de una timidez enfermiza. Y claro, también el panorama no contribuía. Fuera de clase, nunca estaba sola. Si no estaba con las amigas, la rodeaba siempre una corte de estúpidos. Creo que ella le gustaba porque le compraban cualquier cosa que pedía. Siempre estaba comiendo algo. Y se reía de cualquier cosa que decían ellos, sobre todo lo que decía Leroux. Por cierto, ya corrían los rumores de que eran novios.


La primera vez que los vi agarrados de manos, sentí un golpe en el corazón. Y una rabia con Leroux que tuve que tragarme. El chamo era karateca. Ya le había visto en la calle pavonearse con el kimono, y una cinta naranja donde metía sus pulgares. Al viejo estilo de los Western. Yo no sabía ni cuadrarme. Pero no por eso se me quitaban las ganas de patearle el trasero. Pero que va, no me atrevía. La idea de quedar avergonzado frente a la chica de mis sueños no me gustaba. Me daba repulsión. Para no decir otra cosa más vergonzosa. Por eso me quedé tranquilo. Resultaba más placentero evitarme problemas. Así que evité verlos. Dónde estaban, por dónde pasaban, a dónde iban, me importaba un bledo. Decidí hundirme en mis tareas. En las catorce asignaturas que iba dominando poco a poco. Había sido un salto duro desde la primaria al liceo. Cada profe venía con sus reglas, con su plan de clase, con su ácido sulfúrico dispuesto a diluir nuestro cerebro. Bueno, en el fondo toda esta exigencia era buena. Aprendíamos un montón de cosas. Tanto, que al final de año me sentía grande. Tal vez más cerca de los chicos de camisa beige.


Un día supe que Daniela había dejado a Leroux por uno de quinto. No me extrañó porque eso siempre pasa con las chicas lindas. Siempre se enganchan con los más grandes. Generalmente los más populares. Las estrellas del básquet o cualquier otro deporte. Aunque el básquet era lo único que se jugaba en el liceo.Básquet. Era más que una pasión, una enfermedad que contagiaba a todos. Tanto era que imaginaba ser un Kobe Bryant de la NBA. Convertirme en una promesa para la liga profesional. Pero siendo sincero, me gustaba más la física. Y me veía en el futuro con un traje de astronauta o por lo menos con una bata de físico. Estoy seguro que si Daniela hubiera sabido mi sueño, habría caído rendida ante mí. Pero igual me hubiera partido el corazón. Porque ella se hizo una experta en embaucar a los hombres. Bueno, a los chamos como yo. Veía cómo todos caían por su belleza. Con ese tumbaíto de mujer grande que causaba un hormigueo en el cuerpo. Ese olor extraño que le salía de su piel. Esos ojos que sugerían poner el mundo al revés. Parecía tener el control de todos los chicos. Una diosa montada en un trono de mocosos. Le faltaba el báculo y la fusta para hacer mejor su papel. Pero a los días la vimos con una barriga. Una barriga que todos creímos del basquetbolista. Una barriga que la separó de nuestro mundo.


La directora se reunió con los padres. Los padres se reunieron con los hijos. Y llegaron al acuerdo de que la estrella del básquet debía reconocer al bebé. El chico botó los tapones, se enfureció, dijo que Daniela era una cualquiera. Que él no daba medio por ella. La madre de Daniela se ofendió. Era obvio. Dijo que su hija era una niña de su casa. Que el robacunas era él, que le había quitado su virginidad. Virginidad. La primera vez que escuché esta palabra fue en la iglesia. Cuando explicaron sobre la Concepción de María. Fue confuso para mí. Así que había preferido encerrarla dentro del cajón de las cosas inconclusas. Hasta que la escuché ese día a través de la puerta de la dirección. Y la entendí. La madre de Daniela se la gritaba a la estrella del básquet: -VIR-GI-NI-DAD, le quitaste la virginidad a mi hija. Su inocencia. Y te metiste en un problema, porque esta niña está embarazada. Los padres de Javier (la estrella del básquet), asentían, pero siempre y cuando se comprobara la paternidad de su hijo. Le sacarían un examen de ADN al bebé. ADN: Ácido Desoxirribonucleico. Esta palabra sí me la habían explicado bien en biología. Se trataba de una molécula que contiene todas las propiedades del ser humano. Podía determinarse el nexo del bebé con sus progenitores y otras cosas más complejas. La prueba no falla. Era una solución inteligente. Pero se tenía que esperar a que naciera el neonato. Era riesgoso y complicado hacerlo antes. Tendrían que esperar entre siete y nueve meses para saber si Javier era el padre. Para todos sería una pesadilla, pero sobre todo, para Daniela. Que sabía la gran verdad. En realidad la historia era digna de llevarla a la pantalla. Su dramatismo tenía el poder de hacer llorar al mismo Hulk. La gran verdad era que Javier no era el padre. Y no sé de dónde tomó fuerzas Daniela, pero lo dijo. –Javier no es el padre, el padre es Tutú. Casi se ahogaba del llanto que ya no salía de su boca, sino de su alma. Tutú era un malandrín. Un chico que ni siquiera estaba inscrito en el liceo. Ella pidió perdón a Javier y se le colgó del cuello. Gritaba con desespero, como si ese día se cambiara con María Antonieta en la guillotina. Estaba llena de lágrimas y mocos. La desesperación la llevó a arrancarle la camisa a Javier. A saltar con su barriga para aferrarse otra vez a su cuello, pero él la rechazaba. Le decía mujerzuela. La instaba a que se fuera de su presencia. Que él lo sabía. Que sabía que esa barriga no era de él. Daniela seguía llorando y lanzando palabras que ya no se entendían o no tenían significado. La madre no tenía moral para defenderla. Sólo se limitó a pedir disculpas a Javier y a sus padres, y se la llevó.


El mundo de Daniela se vino abajo. Nadie daba medio por ella. Sus padres la encerraron hasta que diera a luz. Los vecinos chismorreaban. Se le quedaban mirando como si fuera una chiripa esperando ser aplastada. Luego supe que cuando nació el niño, el Tutú visitó la casa de Daniela. No sé cómo lo dejaron sacar el niño a la calle. Pero lo hizo. Se fue a la panadería a comprar pan y se lo enseñó al panadero, y a todos sus panas de la esquina. Yo estaba en la panadería indignado. El mismo panadero veía todo con cara de desaprobación.–Pobre criatura, le oí decir. Es que sabía que el Tutú era un loco de primera línea. Un azote de barrio capaz de matar a su propia madre. Yo me puse pendiente de cualquier cosa aunque no tuviera parte en la vida de ese bebé o de Daniela. Pero creo que la vida de un niño es problema de todos. Luego de unos minutos la madre de Daniela vino y le quitó el niño al Tutú. Se fue dando grandes zancadas. Como si quisiera correr y que nadie la viera. Pero era tarde. Todos los vecinos estaban en las ventanas fascinados con la perspectiva. El Tutú lanzó una carcajada y dijo que era feliz. Que tenía por fin a su chamo. Que ahora sí podía morir y dejar a su pequeño Al Capone en el barrio. El panadero movió la cara de un lado a otro: –Pobre criatura, dijo otra vez. Yo tomé los panes y me fui, con la cara de Daniela pintada en mi mente. Como un retrato triste dibujado por un artista llorando. No sé qué me pasaba, pero creo que sentía su tristeza. Es difícil describir esa tristeza. Es como haber perdido su mundo. El mundo que una vez se le abrió promisorio. Pero ahora parecía hundirse. Desaparecer.


Aunque siempre evité conocer a Daniela. Por mi estúpida timidez. Ella ya me conocía. Era el cerebrito. El que estaba en el cuadro de honor. El chico que le daba repulsión por su cara llena de acné. Y aunque ella ya no estudiaba en el liceo, era mi vecina. Cosa curiosa porque nunca lo había notado hasta que empezó a estudiar en el liceo. Empecé a encontrarme a Daniela muy seguido en la bodega y la panadería. Ya había dado a luz al niño, pero nunca se lo veía. Siempre lo dejaba en casa con su madre. Ella se reía al verme. Así me saludaba. Yo le soltaba un hola como estás, sin esperar que respondiera. A veces parecía un tonto. Pero seguía haciéndolo. Recuerdo que fue un viernes cuando charlamos. Los viernes tenía permiso de jugar básquet en la cuadra al salir de la escuela. Podía llegar a la seis y media. Creo que era una regla ilógica, porque jugaba al frente de la casa, y mi abuela podía escuchar mis gritos o verme sólo sacando su cabeza por la ventana. Pues, ese viernes no jugué, sino que me quedé hablando con Daniela. Traté de ser prudente. No quería ser culpable de otra lágrima. Pero ella misma me reveló su estado. Cómo se sentía luego de nacer su hijo. Y por lo que pude oír, estaba bien. No estaba arrepentida de haberlo tenido, aunque si pudiera retroceder el tiempo, se hubiera graduado de veterinaria primero. Lo decía con una madurez que revelaba lo que había sufrido. Le dije que podía seguir estudiando de noche. Me dijo que eso era lo que haría. Pero que lo único que le torturaba era el Tutú. Que había amenazado a sus padres de que si no se casaba con él, se llevaría al niño. Aquel comentario me sacó de mis casillas. Ella notó mi rabia y sonrió levemente. Celebró mi amistad y se despidió. –Gracias por la charla Quero, me dijo, y se metió en su casa. Algunos compañeros se aproximaron. Me advertían lo peligroso de acercarme a Daniela. –Esa chica está prohibida Quero, no te equivoques. No me importaba. Y sabía que ese malandrín era el terror del barrio. Que podía conseguir cualquier tipo de armas. Que tenía tratos con narcos y pranes. Pero Daniela había resurgido en mi corazón. Tenía claro que la había apartado de mi mente por los estudios y porque resultaba un tormento verla con sus novios. Pero ahora había nacido una amistad. Una amistad dulce que prometía cosas más profundas.El tutú era sólo un horrible monstruo para ella. Alguien que quería apartar de su vida para siempre.


Cuando llegué, mi abuela me dijo que estaba metiéndome donde nadie me había llamado. Que Daniela no me convenía para nada. Que había visto cómo la miraba y que no era buena señal. Pero yo la ignoré. En realidad no entendía de qué me quería salvar. Pensaba que sólo era parte de una sobreprotección. Pero luego entendí de quién quería protegerme. No era de Daniela o del malandro. Era de mí mismo. Era de la loquera que vió en mis ojos. Ese amor que le tenía a Daniela, ese afán de protegerla, podía acabar con mi futuro. Con esos años de estudios que aún me faltaban para ser bachiller. Con mis sueños de universidad. Con la física. Con el traje de astronauta. Era muy pollo, me decía. Entonces yo asentía y me ponía reflexivo. Pero luego, Daniela resurgía tomando cada espacio de mi mente.


Mi amistad con Daniela pasó al siguiente nivel. Era predecible. Todos los días nos conseguíamos en el mismo punto de la acera. Charlábamos. Ella lloraba casi por cualquier cosa y yo atrapaba sus lágrimas. La abrazaba. Siempre lograba evadir esa mirada, esa boca llena de brillo, ese perfume hipnótico. Pero no ese día. Ese día la besé. Bueno, me enseñó a besar. Y supe que nunca la olvidaría. Daniela ya era mi novia secreta. Ese era el convenio. No debía decir nada. Por la vida de Daniela, por la salud de nuestros padres, por el niño. El Tutú era un riesgo que no podíamos correr. Sin embargo, al pasar los meses. Meses de amor a escondidas. Meses en que Daniela se convirtió en la mejor maestra que había tenido. El Tutú se enteró de nuestro amor. Había llegado a la casa de Daniela con una Glock 45. Amenazando a la madre. Obligándola a que diera el paradero de Daniela. –Está en la panadería, dijo por fin, pero no le hagas daño por favorrr. Daniela ya no estaba en la panadería, estaba conmigo en mi casa. Había escuchado el proverbio macabro de que los matones tienen soplones en todos lados. Y esta vez tampoco faltó el soplón. Fue terrible verlo tumbar mi puerta. Agarrar a mi abuelita por el cuello. Amenazarnos con matar a mi vieja si yo no le entregaba a Daniela. Ella salió voluntariamente del closet. Yo me quedé mudo cuando lo hizo. Pero lo hizo por mi abuela. Todavía se lo agradezco muy dentro del corazón. Tutú se la llevó por los cabellos, la amenazaba con quitarle el niño si no se terminaba de casar con él. Yo los seguía, aún con los gritos de mi abuela, que también me seguía. Tutú decía que me devolviera o lo lamentaría. Pero yo lo seguía.Estaba ciego de una ira que nunca había identificado en mí. Llegaron a la casa y Tutú cerró la puerta tras de sí. Afuera se escuchaban los gritos de Daniela, de su madre, y del bebé que no paraba de llorar. Los vecinos se habían agolpado. Nadie se atrevía a llamar a la policía por miedo al malandro. Pero también porque el morbo los tentaba a engullir todo. La escena se puso más tétrica porque los gritos de Daniela precedieron un tiro. Me metí por la ventana desesperado. La imagen de Daniela muerta me dio los bríos para desafiar al truhan. Lo ví ahorcando a Daniela con sus dos manos. La madre estaba en el piso inmovilizada por el tiro. Se me quedó viendo sorprendida mientras yo tomaba la Glock 45 lentamente. Tutú la había tirado a un lado para usar mejor sus manos. Nunca supe cómo pude detonar el arma. Aunque la descripción la detallaron en el tribunal de menores. Lo había hecho con los ojos cerrados y con las dos manos. Lo había tomado por sorpresa. Me dieron una condena de treinta años por homicidio culposo. Pero la rebajaron a cinco por los atenuantes. Había salvado la vida de Daniela. Ella siempre me lo agradece. Cada vez que viene con su hijo a visitarme, le dice que soy su padre.

lunes, 18 de marzo de 2013

MI AMIGA LA MOSCA


A la memoria de James Clavell y su obra La Mosca
I


RUFUS VILORIA LAMENTÓ HACER AQUEL EXPERIMENTO con la Prosopomya Pallida, una simple mosca doméstica que sometió a un procedimiento doloroso para analizar su hemolinfa. Necesitaba aislar la proteína que la hacía inmune a cualquier clase de invasión bacteriana. Fue abriendo el abdomen de la mosca con un escalpelo diminuto. Sale la hemolinfa color sangre. La mosca se contorsiona, mueve las patas y comienza a desesperarse. Rufus presiona con la pinza la cabeza del insecto, que hace un movimiento brusco, como si quisiera desprenderse del resto, pero luego se contrae. Expira. La hemolinfa ha salido casi por completo de su cavidad. El ojo del científico sobre el lente del microscopio se expande, gradúa, gradúa el aumento del aparato, mira los hemocitos, gradúa aún más, más, ahí está la proteína, quiere separarla del resto, pero está adherida a un átomo de hierro formando una molécula. Es complejo, complejísimo. Rufus añade un aislante que ha trabajado por muchos años, es efectivo para hemocultivos. Lo logra. La proteína por fin es aislada. Tiene en sus manos quizás el antídoto contra todos los elementos patógenos del mundo.

Pasaron meses de arduo trabajo para producir el Vilorium. Rufus no quería avisar a la prensa hasta que estuvieran descartados todos sus efectos secundarios. Él mismo sería el conejillo de indias. Tenía dos meses tomando 20cc de la fórmula para suprimir una infección que se provocó con miasmas de una industria química. Resultado: Los bacilos anómalos no pudieron adherirse a sus tejidos, vísceras, o contaminar su sangre. Por el contrario, el Vilorium aumentaba el número de sus plaquetas fortaleciendo las defensas de su sangre, desarrollando su fibra muscular y provocando la proliferación de vellos sobre su piel. Gradualmente sentía que sus fuerzas aumentaban, que sus cuarenta y ocho años cambiaban a veinte. Pero Rufus se turbó. Un presagio nefasto y abrumador dirigió sus pensamientos a una terrible posibilidad: La fórmula del Vilorium quizás no estaba completada. Tal vez desde el comienzo fue un perfecto error. La proteína nunca debió ser sustraída de la mosca. El tiempo pasaba y su compulsión por el Vilorium se acentuaba: temblaba, sudaba frío, se tornaba irascible, violento, no podía concentrarse en lo que hacía. Su corazón latía rápidamente. Se acordó de aquella vieja película de James Clavells “La Mosca”, y lanzó una carcajada. No podía creerlo, sus colegas se burlarían con sólo decirlo. ¿Decir qué?, ¿que probablemente estaría en la fase intermedia de una metamorfosis? Volvió a carcajearse. Pero esta vez con miedo, un miedo que se le notaba en su mirada. Un miedo que provocaba el movimiento involuntario de su pómulo izquierdo y un frío desagradable en su espalda. -¡Basta!, pensaba. Lo que experimento no es más que la reacción lógica de una droga. Su dependencia irrefrenable. Los días se encargaron de mostrarle a Rufus la terrible verdad. Cuando el espejo del baño, le reveló la probóscide de una horrenda mosca. Vomitó al instante, manchando el espejo de un líquido viscoso que derretía todo. Era el vómito de una genuina Prosopomya Pallida. Ojos compuestos color rojizo, cabeza cubierta de filamentos parecidos al pelo, pero nunca comparables. ¡Mi cuerpo!, gritó. Rufus quería ver su cuerpo. Corrió enseguida al espejo grande del techo del laboratorio. Intentaba tercamente acostarse en el piso para quedar frente al espejo, pero no lograba hacerlo por su inmenso abdomen. Un picor irresistible en la espalda, accionó siseo de dos alas translúcidas. Algo gelatinoso expulsó repentinamente de sus intestinos. Era algo negro y pegajoso que manchó sus patas. Estaba asustado, pero iracundo. Al punto de lanzar el instrumental al piso, voltear mesas, pipetas, frascos y refrigeradores. Rufus gritaba, gritaba con un sonido de bicho. 

Los vecinos avisaron a la policía sobre los ruidos que salían de casa del doctor Viloria. Y en poco tiempo, los azules tumbaban la santamaría del laboratorio. Había bomberos, ambulancias, reporteros, cámaras y vecinos curiosos. Todos se adentraron y vieron con sorpresa a una mosca gigante revoloteando por el aire, golpeando las cosas, diciendo palabrotas con una voz disminuida que salía de alguna parte de su horrenda cabeza. El sonido se hizo cada vez más inaudible, hasta que sólo se percibía como un leve chasquido, y luego, el interminable siseo de un insecto que volaba por el aire.

II


HOMBRE MOSCA DESCUBIERTO EN EL LABORATORIO DEL PROFESOR RUFUS VILORIA. Así amanecieron los tabloides. Las fotos mostraban al enorme díptero que según las fuentes era capaz de comerse a un humano de un solo bocado. - ¡Así que este era el gran proyecto de Viloria! Vociferó Carpio Manrique, colaborador financiero para el proyecto Vilorium. -Todos estos meses, todo este dinero despilfarrado. ¡Dios mío! ¡Lo mato! Le quito todo, hasta su madre. Y ni pensarlo que le daré otra oportunidad al desgraciado.

Manrique movió todos sus tentáculos. Hombres de negro recorrían la ciudad con gafas oscuras y Colts 3.8 con silenciadores. Sus lustrosos autos negros se mimetizaban con la turbia claridad de los faroles. Tenían orden de traerlo vivo o muerto. Era cuestión de tiempo para que lo consiguieran. Pero con las presiones de Manrique, sus hombres se desesperaban, y se metían en cualquier casa sospechosa. Salpicando de sangre las ventanas con los tiros que aplicaban a uno que se quedó mudo porque no quiso hablar, o porque tal vez le dio un tembleque, o porque con el miedo le dio por correr. Pero el -yo no sé nada-, se repetía y seguía corriendo sangre por las calles, y los obituarios engordando los periódicos. Muchas veces la atrocidad era tan grande que los horrendos fotolitos ocupaban la primera plana. Sobre el sofá de una casa amanecía un cadáver desnudo con hematomas y un tiro de Colt en la ingle. A las cinco de la tarde de un jueves, flotaba un bulto en el río Güaire en evidente estado de descomposición. Según forenses, había sido una muerte causada por los tiros de una Colt. El sábado a las doce, hombres de traje fueron vistos llevando Colts, por los vecinos del piso 9 de un edificio sin nombre. Según habían tumbado la puerta del 94, y que luego de escucharse disparos, el dueño salió por la ventana estrellándose sobre el concreto. La víctima había muerto antes de la caída por cuatro tiros de Colt. Manrique iracundo, al ver las últimas acciones de sus hombres, pateó a su buldog en el rabo, pero éste se le aferró a la pantorrilla mordiéndola como lo hacía con su hueso. Vio todo gris cuando los filosos colmillos le laceraban los tendones de su pierna izquierda. Una ambulancia lo dejó en la clínica, mientras llamaba a los médicos con alaridos de apremio: ¡Apúrense miserables que se me muere la pierna! En medio de su fatalidad pensaba en Iturrieta, el jefe del grupo que había contratado para hallar a Viloria. No podía creer que esos zopencos lo expusieran a tanto. -Todos saben que ellos trabajan para mí, decía en voz alta. Quería tener a Iturrieta en frente para partirle la cara. Aquellas Colt 3.8 las había traído él mismo de Miami para usarlas en su polígono de tiro. No para mancharlas de sangre. No era lo que le había dicho a Iturrieta, y cada vez que lo pensaba, se arrepentía más de haberlas colocado en manos de aquel grupo de pendejos. Era lo más fácil del mundo encontrar a un científico loco, barbudo, famélico, con una maleta llena de frascos y tubos de ensayo; probablemente vestido con una bata llena de manchas de sustratos y ácidos sulfurados. No podía imaginar a sus hombres echando tiros a mansalva, convirtiéndolo todo en un caso de crónicas urbanas, mientras los sabuesos con placa olfateaban las innumerables pistas que dejaban. Manrique casi se veía esposado en los diarios, llevado ante un tribunal por homicidio culposo, condenado quizá a treinta años o más. Todo por culpa de unos pendejos que se emocionaron con las armas que les dio. Pero qué quería Manrique. Quería un trabajo limpio y sin estrépito.  Quería a Viloria amarrado a una butaca de su oficina, para cobrarse la paga de cinco meses de financiamiento. Obligarle a trabajar en algo importante. Como por ejemplo: la cura del Sida, el Cáncer, el mal de Parkinson…, en fin, algo importante para la humanidad, y para sus cuentas bancarias.

Después que Manrique despidió a Iturrieta y sus muchachos, extrañamente, los asesinatos siguieron dándose en las calles. La opinión pública relacionaba aquellas grotescas muertes con la famosa mosca comecarne. Los periódicos, la tele, la radio, se hacían eco de los comentarios de la gente. Las conjeturas describían escenas donde una terrible mosca gigante, hacía incisiones certeras en el cráneo de los humanos, sorbiendo su materia gelatinosa. Un tipo que entrevistaron dijo: -“Sólo sé que se escucha como un sffff, interminable, que se hace cada vez más cercano hasta que, plaf, algo te da por la cabeza, y no sabes más de ti…”. Artículos cada vez más escabrosos se publicaban en los diarios y revistas. Un famoso novelista intentó escribir la historia desde el principio, pero la dejó inconclusa, porque temía que la mosca pudiera vengarse de su osadía. El miedo parecía respirarse como el aire. Un aire denso y alucinador como la morfina. Proclive a transmutar en pánico enceguecedor. La policía estaba confundida porque los cadáveres que encontraban ya no eran víctimas de una Colt, sino de incisiones extrañas en el cráneo.


III


Carpio Manrique no dejó de ser un sospechoso. Por eso utilizó nuevamente su técnica de persuasión más desarrollada para influir en la policía: el soborno.  Y otra vez un inocente tendría que sacrificar treinta años de su vida. Todo porque un hombre más poderoso movió aquellos hilillos invisibles, donde todo se sabe, se modifica, y se determina a conveniencia de unos pocos. Esta vez el que pagó fue Manolo, cuya acuosa mirada acariciaba cada parte de su casa. Cada rincón le que recordaba su esfuerzo por alcanzar todo lo que había logrado en años. El clic aceitado de las esposas era para su corazón, el sonido de una marcha fúnebre. Tenía que despedirse de todo. De su bella esposa que parecía quemarlo con sus lágrimas. Llamaría un abogado, a ver qué podía hacer en una situación como esta, donde todas las pruebas lo acusaban. Pruebas incriminatorias que aparecieron como por arte de magia, dentro de su caja fuerte. Como las cochinas Colts que también fueron encontradas en su casa. Eran evidencias muy contundentes.

Manrique campaneaba un Whisky a las rocas, mientras detallaba por televisión el traslado de Manolo a la corte. Un débil remordimiento le molestaba cuando veía la cara del supuesto criminal y de su esposa, llorando con el rostro manchado de maquillaje. En fin, todo muy trágico y conmovedor. Pero su pensamiento suprimió todo escrúpulo: -“Lo siento señor Manolo, pero era usted o yo”. 

Minutos antes de que Manolo se introdujera a la corte. Viéndose acorralado por las cámaras y los comentarios de los medios, respondió: - “No sé quién me incriminó, pero sé que todo sale a la luz en este mundo”. Lo dijo mirando las cámaras, como si pudiera ver a través de ellas la cara del verdadero culpable. De pronto, un griterío retumbó más allá de la escena. La gente que rodeaba al sospechoso se dispersó corriendo. La reportera se lanzó de bruces al piso, mientras le gritaba a Crispín que hiciera toda la toma. La toma donde la mosca aferró a Manolo con sus patas, y se lo llevó a gran velocidad hasta ocultarse entre las nubes.


IV

Luego de kilómetros de vuelo, la mosca descendió repentinamente. Manolo entreabrió sus ojos y oteó con pánico su probóscide. Hacía aquel sonido con sus alas limpiándose sus ojos con las patas. Manolo temblaba y castañeaba, como si quisiera comerse sus propios dientes. Se quedó como hielo cuando la mosca lo tomó y lo lanzó repentinamente hacia la puerta de una quinta. Una hermosa quinta rodeada de muros y alambres. Con una de sus patas señaló la ubicación de unas llaves bajo el tapete. Manolo abrió la puerta y entraron, y lo que tenía apariencia de una hermosa quinta, por dentro, era en realidad un enorme laboratorio. Manolo sufrió una severa complicación estomacal. Lanzó un gas. Varios gases. Sus hediondas emisiones lo hacían más apetecible para la mosca. Pero ella no lo engullía, sino que emitía un sonido como de radio mal sintonizado. Lo hizo por un buen rato hasta que en medio de esa estridencia, se percibió una voz humana. Era la voz de Rufus Viloria: -No voy hacerte daño, dijo. Manolo quería salir de allí, pero estaba paralizado del pánico. Veía el movimiento de su larga probóscide, parecida a la trompa de un oso hormiguero, pero más grande y horrenda. Su baba corrosiva. Sus  patas llenas de pelos. Su cabezota. Sus alas translúcidas. Y aquellos colosales ojos compuestos. Por momentos no parecía ni siquiera una mosca, sino un extraterrestre. -No te asustes, dijo, aunque parezca un monstruo. Necesito tu ayuda para revertir los efectos de mi fórmula. Creo que consumiendo la misma proporción que ingerí al principio, mi ADN volverá a acoplar los eslabones originales. ¿Deseas decir algo? ¿Decir?, ¿decir qué?, Manolo no podía decir nada. Estaba al borde de un colapso nervioso. Ese día había sido violento, cruel y fantasioso, como parte de un relato de Stephen King. Pero el científico pudo encontrar ayuda en Manolo para preparar la fórmula. No fue fácil realizar el procedimiento de la primera vez. Cuando se le hizo un mundo extraer la proteína y luego mezclarla con los sulfatos; en las proporciones exactas. Esta vez su trabajo dependía en buena medida, en que Manolo ejecutara al pie de la letra sus instrucciones. Porque sus facultades mentales se reducían día a día. Sus pensamientos se hacían cada vez más difusos. Poco a poco perdía el control que solía tener sobre su cuerpo. Ambos entendieron que los efectos del Vilorium todavía permanecían activos en él, degradando cada segundo su parte humana; quizás hasta destruirla por completo. Era por eso el apremio. Y su explosiva irritabilidad cuando Manolo fallaba en la proporción, y tenía que repetirse todo nuevamente. Entonces tumbaba las pipetas, volteaba las mesas, volaba por el laboratorio golpeándose contra las paredes, tratando tal vez así de terminar con su existencia. De terminar con el martirio que aguijoneaba su mente. Ese martirio que en realidad era el temor de perderse así mismo, de existir sin saber que existe, de ser absorbido completamente por la irracionalidad propia de los dípteros, y perderse irremediablemente de su mundo. 

Manolo logró compadecerse de su estado. Comprenderlo. Al punto de convertirse en un excelente asistente. Un químico formidable. Cada instrucción era ejecutada al pie de la letra, hasta que la fórmula pudo terminarse. Así nació una amistad que se volvió con el paso de lo meses, casi un nexo de fraternidad. La mosca metió su probóscide en la nueva fórmula, y sorbió, sorbió como no lo había hecho en años. Pero Rufus tenía la sospecha de que algo estaba mal, no sentía los efectos de la primera vez. La excesiva sudoración, la taquicardia, el leve mareo. Era como si el Vilorium hubiera perdido su efecto. Miró la cara risueña y esperanzadora de su ayudante, tal vez esperando que dijera algo. Que qué sentía, por ejemplo, pero no, no sentía nada, ese era precisamente el problema. Viloria señaló la puerta con su pata. Manolo entendía bien qué significaba. Ya se lo había dicho antes. Se lo había advertido en caso de que el experimento fracasara; tendría que irse y olvidar todo lo que había pasado. Ese era el trato, respetaría su vida si no decía nunca su paradero. Por el contrario, Manolo se fue triste. Preocupado por Viloria. De que lo encontrara la policía dentro de aquel laboratorio. De que se suicidara o lo mataran.

Manolo llegó a su casa de noche como un espectro. Entró burlando el sistema de seguridad. Encontró a la esposa hablándole antes de dormir como si él estuviera allí, sobre la cama. Entre lágrimas mencionaba su nombre una y otra vez: Manolo, Manolo, mi Manolo. Tal vez lo daba por muerto y hablaba tristemente con su fantasma. Pero está vez él le respondió y ella se quedó muda de la conmoción: -No llores mi chichita, aquí estoy, vivo. La esposa le brincó encima y le besó, apretó su cabeza entre sus grandes pechos. –Manolo mi amor, qué te pasó. Estaba angustiada por ti porque aquella mosca…Manolo le tapó la boca con la suya y sus manos la recorrieron, la abordaron con hambre de deseo contenido por muchos días. Extrañaba el sabor de su carne, su porosidad, su suavidad. Apretaba sus labios carnosos con los dientes. Era como morder una ciruela llena de jugos. Chichita mi amor, decía, cómo te extrañé todo este tiempo. Ella no decía nada, sólo lo miraba devorarla hasta perder los sentidos.

Chichita le contó todo a Manolo. Resultaba que mientras él permanecía incomunicado por la mosca, la policía había detenido a la banda de Iturrieta. Confesaron que había sido el empresario Carpio Manrique quien que les pagó para atrapar a Viloria, y no Manolo Garnica. Reconocieron algunos asesinatos que justificaron con legítima defensa, porque las victimas trataban de agredirlos. Patraña que la policía no se tragó y los tribunales no creyeron. Carpio Manrique fue llevado por fin a prisión, tras suficientes indicios incriminatorios. La sentencia fue irrevocable para los imputados: Manrique, treinta años por homicidio intelectual y premeditación en primer grado. Iturrieta y su banda, treinta años por homicidio culposo en primer grado.

Manolo en rueda de prensa limpió su nombre. -Pero señor Garnica, díganos, ¿por qué la mosca comecarne no se lo comió? –Señores, ustedes mienten, esa mosca no come carne. Nunca me hizo daño, se los aseguro. -¿Y cómo regresó a su hogar, volando como Superman? -No, sólo me dejó ir. -¿Sí?, ¿así nomás? -Sí, así es. -Díganos, ¿la mosca lo llevó a su casa y le preparó una piña colada? - ¡Basta señores! , no he venido a jugar, sólo a dejar claro que soy inocente. –Sí claro, lo sabemos, pero, ¿cuándo nos va a presentar a la mosca? Todos lanzaron carcajadas, hasta el mismo Manolo sonrió. Estaba claro que su inocencia o el arresto de los verdaderos culpables, no era la noticia, la noticia era la mosca. Y seguiría siéndolo por mucho tiempo.

LA MONA LISA o GIOCONDA

LA MONA LISA o GIOCONDA
Por: Leonardo da Vinci

PERROS JUGANDO POKER

PERROS JUGANDO POKER
Perros jugando al póquer es una serie de pinturas realizadas por Cassius Marcellus Coolidge. En total 16 obras que muestran a perros con actitudes humanas, de las cuales 9 las mostraban jugando al póquer. En las otras se mostraba a los perros fumando cigarro, bailando, jugando Baseball y declarando en la corte.

ROMEO Y JULIETA

ROMEO Y JULIETA
Español: Representación de la famosa escena del balcón de Romeo y Julieta. Pintura de 1884, por Frank Dicksee.

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Creí que mis sentidos se habían agudizado: olía la pólvora de la bala que no había explotado, escuché cada órgano de mi cuerpo y la sangre fluir por la arteria impulsada por mi corazón. Pensé que la muerte estaba tan cerca que no podría distinguirla si venía. Y en realidad, no lo hice. Nunca pude saber si había muerto luego de ese día. Sólo sigo escuchando voces. Algunas conocidas, otras no. Algunas veces escucho gente que me rodea y llora. Se torna todo como una pesadilla. Me gustaría sentirlos cuando me tocan. Abrazarlos. Quisiera alentarlos. Decirles que siempre hay esperanza. Que tal vez un día yo salga de esta situación. Y me pueda mover y parar y caminar. Porque es terrible estar así. Como si muriera por gotas. Por gotas contadas por ese pitido interminable de la máquina. Es algo parecido a soñar despierto. Sólo que no puedes abrir los ojos. O aún más terrible. Como morir soñando. Y en ese caso, sería el primero que muere así. Extracto del cuento EN COMA.
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