jueves, 28 de marzo de 2013

PERDER LA INOCENCIA



INICIABA EL TERCER AÑO DE BACHILLERATO, y ella llegó tarde al salòn. Quién podía dejar de verla. Parecía una de esas muñequitas Barbie con las que juega mi hermana. Pero su cabello no era rubio sino negro como la noche. Lo tenía tan largo que le llegaba a sus caderas. Era alta y de piel sombreada por el sol, como si viniera de la playa. Me gustaba su forma de caminar y de sentarse en el pupitre. Los morochos y Leroux comenzaron a cuchichear cuando la vieron. Cuando el profe terminó de explicar sobre los átomos y las moléculas, uno de los morochos le pasó un papelito. Ella lo leyó y volteó hacia ellos con una sonrisa. Luego escribió en el mismo papel y se lo pasó al morocho, que a su vez lo pasó a Leroux. Leroux leyó el papel y sonrió. –Se llama Daniela parroquia, Daniela, dijo con una emoción que me molestó. Realmente no entendía por qué no me gustaba que Leroux la viera. Por qué me daban ganas de patearlo cuando se le acercaba en la cantina. Era la primera vez que sentía algo así por una niña. Tampoco es que no sabía nada del amor. A mis doce había visto una que otra novelita lumpen. Las que mamá veía por las noches. Esas donde el rico siempre se enamora de la muchacha pobre y la rescata. Lo típico. Por unos días me dedique a ver los toros desde la barrera. Leroux había ganado muchos puntos y yo ni siquiera me le había presentado. Sufría de una timidez enfermiza. Y claro, también el panorama no contribuía. Fuera de clase, nunca estaba sola. Si no estaba con las amigas, la rodeaba siempre una corte de estúpidos. Creo que ella le gustaba porque le compraban cualquier cosa que pedía. Siempre estaba comiendo algo. Y se reía de cualquier cosa que decían ellos, sobre todo lo que decía Leroux. Por cierto, ya corrían los rumores de que eran novios.


La primera vez que los vi agarrados de manos, sentí un golpe en el corazón. Y una rabia con Leroux que tuve que tragarme. El chamo era karateca. Ya le había visto en la calle pavonearse con el kimono, y una cinta naranja donde metía sus pulgares. Al viejo estilo de los Western. Yo no sabía ni cuadrarme. Pero no por eso se me quitaban las ganas de patearle el trasero. Pero que va, no me atrevía. La idea de quedar avergonzado frente a la chica de mis sueños no me gustaba. Me daba repulsión. Para no decir otra cosa más vergonzosa. Por eso me quedé tranquilo. Resultaba más placentero evitarme problemas. Así que evité verlos. Dónde estaban, por dónde pasaban, a dónde iban, me importaba un bledo. Decidí hundirme en mis tareas. En las catorce asignaturas que iba dominando poco a poco. Había sido un salto duro desde la primaria al liceo. Cada profe venía con sus reglas, con su plan de clase, con su ácido sulfúrico dispuesto a diluir nuestro cerebro. Bueno, en el fondo toda esta exigencia era buena. Aprendíamos un montón de cosas. Tanto, que al final de año me sentía grande. Tal vez más cerca de los chicos de camisa beige.


Un día supe que Daniela había dejado a Leroux por uno de quinto. No me extrañó porque eso siempre pasa con las chicas lindas. Siempre se enganchan con los más grandes. Generalmente los más populares. Las estrellas del básquet o cualquier otro deporte. Aunque el básquet era lo único que se jugaba en el liceo.Básquet. Era más que una pasión, una enfermedad que contagiaba a todos. Tanto era que imaginaba ser un Kobe Bryant de la NBA. Convertirme en una promesa para la liga profesional. Pero siendo sincero, me gustaba más la física. Y me veía en el futuro con un traje de astronauta o por lo menos con una bata de físico. Estoy seguro que si Daniela hubiera sabido mi sueño, habría caído rendida ante mí. Pero igual me hubiera partido el corazón. Porque ella se hizo una experta en embaucar a los hombres. Bueno, a los chamos como yo. Veía cómo todos caían por su belleza. Con ese tumbaíto de mujer grande que causaba un hormigueo en el cuerpo. Ese olor extraño que le salía de su piel. Esos ojos que sugerían poner el mundo al revés. Parecía tener el control de todos los chicos. Una diosa montada en un trono de mocosos. Le faltaba el báculo y la fusta para hacer mejor su papel. Pero a los días la vimos con una barriga. Una barriga que todos creímos del basquetbolista. Una barriga que la separó de nuestro mundo.


La directora se reunió con los padres. Los padres se reunieron con los hijos. Y llegaron al acuerdo de que la estrella del básquet debía reconocer al bebé. El chico botó los tapones, se enfureció, dijo que Daniela era una cualquiera. Que él no daba medio por ella. La madre de Daniela se ofendió. Era obvio. Dijo que su hija era una niña de su casa. Que el robacunas era él, que le había quitado su virginidad. Virginidad. La primera vez que escuché esta palabra fue en la iglesia. Cuando explicaron sobre la Concepción de María. Fue confuso para mí. Así que había preferido encerrarla dentro del cajón de las cosas inconclusas. Hasta que la escuché ese día a través de la puerta de la dirección. Y la entendí. La madre de Daniela se la gritaba a la estrella del básquet: -VIR-GI-NI-DAD, le quitaste la virginidad a mi hija. Su inocencia. Y te metiste en un problema, porque esta niña está embarazada. Los padres de Javier (la estrella del básquet), asentían, pero siempre y cuando se comprobara la paternidad de su hijo. Le sacarían un examen de ADN al bebé. ADN: Ácido Desoxirribonucleico. Esta palabra sí me la habían explicado bien en biología. Se trataba de una molécula que contiene todas las propiedades del ser humano. Podía determinarse el nexo del bebé con sus progenitores y otras cosas más complejas. La prueba no falla. Era una solución inteligente. Pero se tenía que esperar a que naciera el neonato. Era riesgoso y complicado hacerlo antes. Tendrían que esperar entre siete y nueve meses para saber si Javier era el padre. Para todos sería una pesadilla, pero sobre todo, para Daniela. Que sabía la gran verdad. En realidad la historia era digna de llevarla a la pantalla. Su dramatismo tenía el poder de hacer llorar al mismo Hulk. La gran verdad era que Javier no era el padre. Y no sé de dónde tomó fuerzas Daniela, pero lo dijo. –Javier no es el padre, el padre es Tutú. Casi se ahogaba del llanto que ya no salía de su boca, sino de su alma. Tutú era un malandrín. Un chico que ni siquiera estaba inscrito en el liceo. Ella pidió perdón a Javier y se le colgó del cuello. Gritaba con desespero, como si ese día se cambiara con María Antonieta en la guillotina. Estaba llena de lágrimas y mocos. La desesperación la llevó a arrancarle la camisa a Javier. A saltar con su barriga para aferrarse otra vez a su cuello, pero él la rechazaba. Le decía mujerzuela. La instaba a que se fuera de su presencia. Que él lo sabía. Que sabía que esa barriga no era de él. Daniela seguía llorando y lanzando palabras que ya no se entendían o no tenían significado. La madre no tenía moral para defenderla. Sólo se limitó a pedir disculpas a Javier y a sus padres, y se la llevó.


El mundo de Daniela se vino abajo. Nadie daba medio por ella. Sus padres la encerraron hasta que diera a luz. Los vecinos chismorreaban. Se le quedaban mirando como si fuera una chiripa esperando ser aplastada. Luego supe que cuando nació el niño, el Tutú visitó la casa de Daniela. No sé cómo lo dejaron sacar el niño a la calle. Pero lo hizo. Se fue a la panadería a comprar pan y se lo enseñó al panadero, y a todos sus panas de la esquina. Yo estaba en la panadería indignado. El mismo panadero veía todo con cara de desaprobación.–Pobre criatura, le oí decir. Es que sabía que el Tutú era un loco de primera línea. Un azote de barrio capaz de matar a su propia madre. Yo me puse pendiente de cualquier cosa aunque no tuviera parte en la vida de ese bebé o de Daniela. Pero creo que la vida de un niño es problema de todos. Luego de unos minutos la madre de Daniela vino y le quitó el niño al Tutú. Se fue dando grandes zancadas. Como si quisiera correr y que nadie la viera. Pero era tarde. Todos los vecinos estaban en las ventanas fascinados con la perspectiva. El Tutú lanzó una carcajada y dijo que era feliz. Que tenía por fin a su chamo. Que ahora sí podía morir y dejar a su pequeño Al Capone en el barrio. El panadero movió la cara de un lado a otro: –Pobre criatura, dijo otra vez. Yo tomé los panes y me fui, con la cara de Daniela pintada en mi mente. Como un retrato triste dibujado por un artista llorando. No sé qué me pasaba, pero creo que sentía su tristeza. Es difícil describir esa tristeza. Es como haber perdido su mundo. El mundo que una vez se le abrió promisorio. Pero ahora parecía hundirse. Desaparecer.


Aunque siempre evité conocer a Daniela. Por mi estúpida timidez. Ella ya me conocía. Era el cerebrito. El que estaba en el cuadro de honor. El chico que le daba repulsión por su cara llena de acné. Y aunque ella ya no estudiaba en el liceo, era mi vecina. Cosa curiosa porque nunca lo había notado hasta que empezó a estudiar en el liceo. Empecé a encontrarme a Daniela muy seguido en la bodega y la panadería. Ya había dado a luz al niño, pero nunca se lo veía. Siempre lo dejaba en casa con su madre. Ella se reía al verme. Así me saludaba. Yo le soltaba un hola como estás, sin esperar que respondiera. A veces parecía un tonto. Pero seguía haciéndolo. Recuerdo que fue un viernes cuando charlamos. Los viernes tenía permiso de jugar básquet en la cuadra al salir de la escuela. Podía llegar a la seis y media. Creo que era una regla ilógica, porque jugaba al frente de la casa, y mi abuela podía escuchar mis gritos o verme sólo sacando su cabeza por la ventana. Pues, ese viernes no jugué, sino que me quedé hablando con Daniela. Traté de ser prudente. No quería ser culpable de otra lágrima. Pero ella misma me reveló su estado. Cómo se sentía luego de nacer su hijo. Y por lo que pude oír, estaba bien. No estaba arrepentida de haberlo tenido, aunque si pudiera retroceder el tiempo, se hubiera graduado de veterinaria primero. Lo decía con una madurez que revelaba lo que había sufrido. Le dije que podía seguir estudiando de noche. Me dijo que eso era lo que haría. Pero que lo único que le torturaba era el Tutú. Que había amenazado a sus padres de que si no se casaba con él, se llevaría al niño. Aquel comentario me sacó de mis casillas. Ella notó mi rabia y sonrió levemente. Celebró mi amistad y se despidió. –Gracias por la charla Quero, me dijo, y se metió en su casa. Algunos compañeros se aproximaron. Me advertían lo peligroso de acercarme a Daniela. –Esa chica está prohibida Quero, no te equivoques. No me importaba. Y sabía que ese malandrín era el terror del barrio. Que podía conseguir cualquier tipo de armas. Que tenía tratos con narcos y pranes. Pero Daniela había resurgido en mi corazón. Tenía claro que la había apartado de mi mente por los estudios y porque resultaba un tormento verla con sus novios. Pero ahora había nacido una amistad. Una amistad dulce que prometía cosas más profundas.El tutú era sólo un horrible monstruo para ella. Alguien que quería apartar de su vida para siempre.


Cuando llegué, mi abuela me dijo que estaba metiéndome donde nadie me había llamado. Que Daniela no me convenía para nada. Que había visto cómo la miraba y que no era buena señal. Pero yo la ignoré. En realidad no entendía de qué me quería salvar. Pensaba que sólo era parte de una sobreprotección. Pero luego entendí de quién quería protegerme. No era de Daniela o del malandro. Era de mí mismo. Era de la loquera que vió en mis ojos. Ese amor que le tenía a Daniela, ese afán de protegerla, podía acabar con mi futuro. Con esos años de estudios que aún me faltaban para ser bachiller. Con mis sueños de universidad. Con la física. Con el traje de astronauta. Era muy pollo, me decía. Entonces yo asentía y me ponía reflexivo. Pero luego, Daniela resurgía tomando cada espacio de mi mente.


Mi amistad con Daniela pasó al siguiente nivel. Era predecible. Todos los días nos conseguíamos en el mismo punto de la acera. Charlábamos. Ella lloraba casi por cualquier cosa y yo atrapaba sus lágrimas. La abrazaba. Siempre lograba evadir esa mirada, esa boca llena de brillo, ese perfume hipnótico. Pero no ese día. Ese día la besé. Bueno, me enseñó a besar. Y supe que nunca la olvidaría. Daniela ya era mi novia secreta. Ese era el convenio. No debía decir nada. Por la vida de Daniela, por la salud de nuestros padres, por el niño. El Tutú era un riesgo que no podíamos correr. Sin embargo, al pasar los meses. Meses de amor a escondidas. Meses en que Daniela se convirtió en la mejor maestra que había tenido. El Tutú se enteró de nuestro amor. Había llegado a la casa de Daniela con una Glock 45. Amenazando a la madre. Obligándola a que diera el paradero de Daniela. –Está en la panadería, dijo por fin, pero no le hagas daño por favorrr. Daniela ya no estaba en la panadería, estaba conmigo en mi casa. Había escuchado el proverbio macabro de que los matones tienen soplones en todos lados. Y esta vez tampoco faltó el soplón. Fue terrible verlo tumbar mi puerta. Agarrar a mi abuelita por el cuello. Amenazarnos con matar a mi vieja si yo no le entregaba a Daniela. Ella salió voluntariamente del closet. Yo me quedé mudo cuando lo hizo. Pero lo hizo por mi abuela. Todavía se lo agradezco muy dentro del corazón. Tutú se la llevó por los cabellos, la amenazaba con quitarle el niño si no se terminaba de casar con él. Yo los seguía, aún con los gritos de mi abuela, que también me seguía. Tutú decía que me devolviera o lo lamentaría. Pero yo lo seguía.Estaba ciego de una ira que nunca había identificado en mí. Llegaron a la casa y Tutú cerró la puerta tras de sí. Afuera se escuchaban los gritos de Daniela, de su madre, y del bebé que no paraba de llorar. Los vecinos se habían agolpado. Nadie se atrevía a llamar a la policía por miedo al malandro. Pero también porque el morbo los tentaba a engullir todo. La escena se puso más tétrica porque los gritos de Daniela precedieron un tiro. Me metí por la ventana desesperado. La imagen de Daniela muerta me dio los bríos para desafiar al truhan. Lo ví ahorcando a Daniela con sus dos manos. La madre estaba en el piso inmovilizada por el tiro. Se me quedó viendo sorprendida mientras yo tomaba la Glock 45 lentamente. Tutú la había tirado a un lado para usar mejor sus manos. Nunca supe cómo pude detonar el arma. Aunque la descripción la detallaron en el tribunal de menores. Lo había hecho con los ojos cerrados y con las dos manos. Lo había tomado por sorpresa. Me dieron una condena de treinta años por homicidio culposo. Pero la rebajaron a cinco por los atenuantes. Había salvado la vida de Daniela. Ella siempre me lo agradece. Cada vez que viene con su hijo a visitarme, le dice que soy su padre.

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Creí que mis sentidos se habían agudizado: olía la pólvora de la bala que no había explotado, escuché cada órgano de mi cuerpo y la sangre fluir por la arteria impulsada por mi corazón. Pensé que la muerte estaba tan cerca que no podría distinguirla si venía. Y en realidad, no lo hice. Nunca pude saber si había muerto luego de ese día. Sólo sigo escuchando voces. Algunas conocidas, otras no. Algunas veces escucho gente que me rodea y llora. Se torna todo como una pesadilla. Me gustaría sentirlos cuando me tocan. Abrazarlos. Quisiera alentarlos. Decirles que siempre hay esperanza. Que tal vez un día yo salga de esta situación. Y me pueda mover y parar y caminar. Porque es terrible estar así. Como si muriera por gotas. Por gotas contadas por ese pitido interminable de la máquina. Es algo parecido a soñar despierto. Sólo que no puedes abrir los ojos. O aún más terrible. Como morir soñando. Y en ese caso, sería el primero que muere así. Extracto del cuento EN COMA.

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