lunes, 3 de enero de 2011

AMOR DE ESCLAVO

“El amor por alguien no merecido, es peor que la esclavitud de las propias cadenas”.


1

Un día, Lamin vio el amanecer en el tronco. Tenía los grilletes gruesos que usaban para castigo. Su recuerdo del día anterior le llega borroso. Pero el rostro furibundo del amo, activó las imágenes de los momentos previos al golpe que le dio el capataz. Se encontraba en la barraca, hablando de la señora con otros esclavos. Hacía un relato minucioso de su vigor en la cama, al punto, de comparar a la mujer blanca con la negra. El amo Hernando escuchaba escondido, arropado por la noche. Había detenido el ímpetu del capataz que quería silenciarlo y castigarlo de una vez. La ofensa a su señor no puede perdonarse, sobre todo, cuando es tan grave. Lamin revela con una sonrisa lo que le dijo Antonieta, gimiendo de placer en el camastrón.


–Sí hermanos, seré libre, y mandaré en la casa grande. Ella me lo prometió. Siendo señol, otro gallo cantará…podrán ser libres.


Hernando no soporta más, y da seña a Juan con la cabeza. Ambos salen de la sombra y caminan hacía la rueda humana, cerca de las antorchas. A medida que el amo se aproxima, los negros callan, el temor los paraliza. Lamin parecía un muñeco de arcilla, quedo y frágil a la vez. Tenía la vista hundida en tierra, y sólo miró al amo segundos antes de recibir el golpe del mosquete.


-No tienes remedio negro apestoso, ¡no sé qué haré contigo! Si no fuera porque necesito brazos para la plantación, te vendería.


Hernando gira a su alrededor, y evalúa su espalda.


-A ti como que te gustan los azotes de Pedro, te encantan las marcas en tu espalda, ¿verdad? Pues, de aquí no saldrás hasta que lleves una buena lección por tu osadía. Mi esposa es una zorra de corte, lo sé, pero eso no te da derecho a pretenderla. Nunca serás libre, y mucho menos señor de mis tierras. Para ello tendrías que cambiar el mundo. ¿Quién te crees negro?


Hubo una pausa, unos instantes de silencio para el castigo. El capataz se aproxima y toma impulso. El picor del primer golpe se hace ardor intolerable, pero la rabia que siente lo fortalece. Cuarenta golpes de fusta no eran suficientes para atenuar la venganza de Hernando.


-¡Pedro!, me lo pondrás tres días en el cuarto oscuro, sin comida o agua, a ver si a este se le quitan las malas mañas.


Lamin estaba casi moribundo, con las muñecas sujetas a los grillos y los brazos prensados por el peso de su cuerpo. La boca del amo habló directo en su oído:


-Que no sepa otra vez que te metiste en su cama, o que andas diciendo estupideces como las de anoche…negro.


2


El viejo Mahamadou silba como ave nocturna en medio de la noche. Olaudah escucha y responde. El mensaje es claro. Todo está despejado. Todo en calma. Hace una hora que el capataz duerme. Los blancos que custodian el cuarto de castigo, se distraen con las negras chupando aguardiente de caña. Las negras son cómplices para distraerlos. Bailan y muestran sus piernas lampiñas. Coquetean con sensualidad irresistible dominando sus ojos. Mahamadou se escabulle envuelto en oscuridad y llega al cuarto de castigo; su hijo, duerme agotado por las heridas y el hambre.


– ¡Lamin!, ¡Lamin!...dice.


Su muchacho no responde. Un pensamiento funesto se le cruza, pero sacude su cabeza. Entonces su hijo tose varias veces y carraspea:


-Pae, ¿estás ahí?


La oscuridad es densa más allá de los barrotes.


-¡Acércate hijo, estoy aquí! Gracias al cielo que vives, por un momento te vi muerto.


–Yo también lo pensé, cuando vi tanta oscuridad. Pae, tengo hambre.


-Aquí tienes, agua y fruta, fue lo único que pude conseguir.


– ¿Recuerdas aquel blanco que mató a madre en África? ¿Lo recuerdas?


-Sí hijo, lo recuerdo.


-Era una bestia pae, su cara me dio tanto miedo que nunca la olvidé, a pesar de tener sólo cinco años.


–Sí, era perverso ese cazador de esclavos portugués.


-Luego nos vendió a los españoles, al capitán Herrera, ¿recuerdas?, dijo Lamin.


–Sí, lo recuerdo, pero ese fue peor aún hijo.


– Hoy, vi la cara de aquel perverso portugués cuando miré al amo. Me habló con mucho odio, como si quisiera matarme.


–No es para más Lamin, tiene celos por su esposa. Cualquier hombre blanco o negro o indio, tendría odio contra el que tomara su esposa. Tienes suerte que no te matara o vendiera.


–Pero lo hará pae, seguro después de la cosecha.


–Todavía falta tiempo hijo. Tal vez se aplaque su ira, tal vez te perdone, si te portas bien.


-No sé, amo a mi señora, no puedo sacarla de aquí… (y puso la mano sobre su pecho.)


-Pero lo harás Lamin, lo harás.


-Se hace tarde pae, aquellos miserables pueden venir.


-No hijo, los blancos duermen, puedo estar contigo un rato más.


–No sé qué haría sin ti. Casi muero sin esta agua que traes.


–Eres mi hijo, ni siquiera estos barrotes pueden separarme de ti.


Después de tres días, Lamin regresa a la faena. Ha iniciado la cosecha y el trabajo es arduo. La vida bajo el sol inclemente con un látigo royendo la espalda siempre será ardua. Desprenden el cacao de la mata, y lo echan en canastas, para luego cargarlas hasta el granero. No es fácil. Las frentes parecen cascadas de sudor ardiente. Las aguadoras visitan de vez en cuando, en el límite de la resistencia corporal. No es mucha la descarga que hacen en cada boca seca, sólo para un buche. Son las indicaciones de Pedro, pero cuando viene el amo, les dan más. El amo sabe que con sed poco rinden. Mientras que Pedro los ve como dromedarios del desierto africano. Pretendiendo sacar vigor de cuerpos agónicos.


3


Lamin fue descubierto infraganti otras veces en la casa grande, y cada vez, era más fuerte el castigo. Ya no podían contarse las marcas de su espalda, ni las cicatrices, ni las quemaduras de fierro en su rostro. Estaba muy delgado y pálido, por los muchos días sin probar agua o pan en el cuarto de castigo. Los consejos de Mahamadou carecieron de fuerza frente a ese amor enfermizo. Lamin pensaba que Antonieta también sufría por su lejanía. Que poco podía hacer contra las decisiones de Hernando, que si fuera por ella, sería libre. Lo que no sabía, era que su ama ya lo había cambiado por otro esclavo.


A todo este hecho lamentable en la vida de Lamin, se añadió la muerte de su hermano. El cadáver de Olaudah fue encontrado en el granero. Padre lloraba sobre el pecho de su hijo mayor. Muchos hermanos reunidos bajaron la cabeza mientras se escuchaba el sollozo de Mahamadou. Allí Lamin supo que padre siempre tuvo razón. La doña envenenaba a los negros que ya no le interesaban. Era como una especie de bruja mala que absorbía la chispa viril de los hombres.


Al rato, padre se ha quedado dormido sobre Olaudah. Lamin lo toca, una y otra vez, pero no reacciona. Su piel está fría y pálida, el cuerpo sólido y pesado como roca, ya no se escuchan los latidos de su corazón, ni sus sollozos, sólo el sonido del viento que choca contra los árboles, o quizás su espíritu que se despide.





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Creí que mis sentidos se habían agudizado: olía la pólvora de la bala que no había explotado, escuché cada órgano de mi cuerpo y la sangre fluir por la arteria impulsada por mi corazón. Pensé que la muerte estaba tan cerca que no podría distinguirla si venía. Y en realidad, no lo hice. Nunca pude saber si había muerto luego de ese día. Sólo sigo escuchando voces. Algunas conocidas, otras no. Algunas veces escucho gente que me rodea y llora. Se torna todo como una pesadilla. Me gustaría sentirlos cuando me tocan. Abrazarlos. Quisiera alentarlos. Decirles que siempre hay esperanza. Que tal vez un día yo salga de esta situación. Y me pueda mover y parar y caminar. Porque es terrible estar así. Como si muriera por gotas. Por gotas contadas por ese pitido interminable de la máquina. Es algo parecido a soñar despierto. Sólo que no puedes abrir los ojos. O aún más terrible. Como morir soñando. Y en ese caso, sería el primero que muere así. Extracto del cuento EN COMA.

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